El perdón de Matilde Cardozo, víctima de abuso sexual de las Farc

En 1995 varios guerrilleros la violaron. Quedó en embarazo y tuvo una hija: Aura Cristina. Hace un año decidió contarle la verdad. La increíble historia de dos mujeres admirables.

perdon_cut.jpg

Matilde y Aura Cristina a orillas del Magdalena, en el malecón de Barranquilla.
Cortesía Noticias Caracol

A Matilde Cardozo Contreras la guerra le despedazó la vida una noche de agosto de 1995. Y se la devolvió nueve meses después cuando parió a su hija —una hija de la guerra que hoy quiere la paz, pero de eso hablaremos ahora—. Matilde vivía entonces en una finquita austera ubicada en La Primavera, una vereda de San Juan de Nepomuceno (Bolívar). Vivía feliz labrando la tierra y correteando gallinas y vacas. Las Farc solían rondar la parcela y cuando el fragor de la guerra les daba un poco de tregua, súbitamente aparecían por allí y había que hacerles de comer. Decirles que sancocho no había no era una opción. Aquel agosto fue distinto. Marta, su hermana de crianza, andaba en amores con un soldado de la zona. Para “escarmentarlas”, las violaron toda la noche. Primero las golpearon. Luego las encerraron en cuartos distintos. Fueron varios guerrilleros. Se turnaron como animales.

Lo último que escuchó Matilde antes de aquel calvario fue la garganta reseca de Marta, un lamento ensordecedor y una súplica desoída: “Háganme lo que quieran a mí, pero no se metan con la niña”. Al final a Matilde la tomaron por el cuello y su largo cabello azabache fue usado como rienda para arrastrarla. No pudo ver lo que le hicieron a su hermana, pero sus alaridos anticiparon la tortura. Trató de defenderse como pudo, soltó puños y patadas, pero cada guerrillero se encargó de someter una extremidad distinta. Vencida por ellos se sintió tan poquita cosa que quiso morirse aquella vigilia maldita. La advertencia de esos hombres todavía le retumba de cuando en cuando: “La próxima vez se mueren”. Salieron despavoridas. Mientras se arrastraban como espectros en la carretera, Marta le decía a Matilde: “No pude hacer nada, ¡perdóneme! No pude hacer nada...”.

Caminaron hasta Barranquilla. Andaban como huecas por dentro. Les habían arrancado la vida. Matilde tenía 19 años. La parcela se perdió. Igual, ni ella ni Marta querían volver a ese lugar. El infierno quedó para siempre apoltronado en esas paredes rústicas. ¿Cuánto duró? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Cinco? Matilde no lo recuerda con claridad. No quiere. No puede. Se bloquea. Sólo tiene flashes. Gritos que caen como un látigo sobre su memoria. Su voz serena primero se rasga, luego se corta y al final se ahoga. Las lágrimas comienzan a despeñarse por sus cachetes morenos. Estoy con ella en el malecón de Barranquilla. Un equipo de Noticias Caracol registra a orillas del Magdalena la fuerza descomunal de su relato (este es el video del reportaje). Matilde se acomoda como una sirena. Respira hondo. Se sobrepone y continúa. Un calambre frío me trepa hasta la boca del estómago. ¡Maldita guerra!

El poder del amor

¿Cómo puede una mujer superar un pasado tan atroz? ¿Cómo hizo Matilde? ¿Qué habrá pensado cuando supo que su barriga ya no era sólo de ella y que uno de sus verdugos era el padre de esa criatura? Matilde dice que se llenó de miedos, que todos le aconsejaron que abortara sin pena, que ese bebé sería abominable y que su sola presencia le recordaría una y otra vez y para siempre que fue violada por unos bárbaros una noche de agosto de 1995. Pensó muchas veces en liberarse de ese yugo, hasta que un día sintió una patadita y resolvió ser madre. Creía entonces que sería un niño y con tono de mamá le decía mientras acariciaba su panza: “La gente se equivoca, tú eres un niño bueno, y tú me quieres y yo te quiero. Tú me vas a acompañar, yo me siento muy sola”. Ese amor empezó a remendar su corazón roto. La salvó de ella misma.

En Barranquilla se rebuscó la vida atendiendo mesas en un restaurante chino. Luis, su hermano menor, le echó una mano, pues allí trabajaba. De Marta no volvió a saber más. Ya era 1996 y su pareja de entonces —un “trigueño hermoso”, un vigilante— la había afiliado a la seguridad social. Aunque a él primero le tocó lidiar con el apocalipsis de que a su novia —con quien tenía planes de casarse— la habían violentado durante horas y que un bebé se abría camino en su vientre. Un bebé de alguien más. Matilde cuenta que ese hombre bueno intentó coser en vano las heridas de su alma, pero que, al final, triste y vencido, se perdió en ese laberinto que ella construyó como coraza para seguir viviendo. Estaba seca por dentro. Mustia. Sola. Hasta que oyó llorar a su hija.

La llamó Aura Cristina. Nació a las 6 de la mañana. Un radio desvencijado en la sala de partos de la clínica fundió su primer llanto con el himno nacional. “Va a ser un niño importante. Quizá presidente”, dijo Matilde. “Más bien presidenta”, la corrigió el ginecólogo. “Es una niña”. Se la pusieron en el pecho. “Desde que la vi, la amé. Y supe que debía protegerla de muchos que habían querido hacerle daño. Por eso me propuse que si ella había venido al mundo en esas condiciones, no iba a ser mala como todos decían. Y así fue. No hay una persona que no se enamore de Aura Cristina”. Matilde hace una pausa y continúa: “Sin esa niña a mi lado no hubiera salido adelante. Para mí el amor lo es todo. Por amor estoy aquí y por amor curé mis heridas”. Les demostró a todos que esa criatura no sería un engendro y que la fuerza sobrenatural del amor siempre estará por encima de la guerra.

No fue un proceso fácil. “El abuso sexual es algo que te devasta”. Pero, a pesar de ese cataclismo, Matilde no se perdió en los espumarajos del rencor. Se las arregló como pudo para estudiar de noche. Consiguió una beca y terminó el bachillerato. Luego se vino con Aura Cristina para Bogotá, con la promesa de un futuro en la capital. Estudió cosmetología y aprendió los secretos del mundo de la belleza. En esas le llegó una oferta para irse a trabajar con un colombiano a Quito que tenía la franquicia de peluquerías Tijeras Locas. Así se fue abriendo camino y la cosa iba tan bien que hasta montó su propio negocio como estilista. Ecuador le devolvió la vida. Incluso el amor de mujer. Allá conoció al hombre de su vida y, ya reparada por dentro, se entregó sin temores. Tuvo dos hijas más con él. Se llamaba Luis López. Falleció hace cuatro años de cáncer de colon.

Los porrazos han curtido el corazón de Matilde. Pero sigue en pie. Es una guerrera. En Quito estuvo casi 14 años, pero se devolvió para Barranquilla con sus tres hijas en 2013. Rentó una casita en el barrio El Carmen y en la sala acomodó la peluquería. Le puso Cristina al negocio. Motila, hace manicure, lava cabellos, maquilla y atiende a domicilio. Las cuatro duermen en el único cuarto de la vivienda, en dos camarotes. Viven alcanzadas, pero felices. Recién regresó a Curramba, Matilde oyó hablar de la Unidad de Víctimas. Se acercó y casi 18 años después se atrevió a contar su historia. Liberó su pecho. María Isabel Portacio, quien maneja la prensa de la unidad en la Costa, le ayudó en ese proceso. Se hicieron amigas. Hoy son inseparables. Pronto la incluyeron en el registro de víctimas. Las psicólogas la atendieron. Sólo falta la indemnización prometida. Jamás habló antes por miedo.

La confesión

Sólo le faltaba a Matilde contarle la verdad a Aura Cristina. Caviló mucho antes de arriesgarse a desandar aquellos tiempos remotos, hasta que una noche se encerraron y le soltó todo. Fue hace un año. Aura Cristina oyó hasta la madrugada las confesiones de Matilde. “Esa violación tuvo una consecuencia, y te tuve a ti”, le contó entre lamentos, casi como si ella —¡faltaba más!— hubiera sido cómplice de esos bárbaros. La voz dulce de Aura Cristina sacó a Matilde de la congoja. Se abrazaron y lloraron hasta que se les acabaron las lágrimas de madrugada. Desde entonces son más amigas. “Fue terrible lo que le pasó, pero ella no tuvo la culpa. Sé que desde el primer día me amó. No tengo por qué juzgarla. Al revés, la admiro más. Es una mujer extraordinaria, una heroína. Soy muy afortunada de tenerla como mamá”, dice Aura Cristina, hoy con 20 años.

“Yo no soy hija de la guerra —me corrige—. Yo soy paz. Yo quiero ver a este país en paz. Con la mirada al frente le digo: yo ya los perdoné a todos ellos. Ahora espero que con este proceso de paz ellos pidan perdón de corazón, que demuestren que están arrepentidos. Porque hicieron muchas cosas malas con personas inocentes que no teníamos nada que ver en esa guerra”. ¿Y a ese hombre sin rostro, a ese verdugo que también te dio la vida, si es que todavía sigue vivo, qué le dirías?

“Que ya pasó, que ya lo perdoné y que salga de allá. Esto tiene que acabar un día. No más balas. Si Dios quiso que estuviera en este mundo es porque tiene un propósito para mi vida”. ¿Cuál?, le pregunto. “Voy a ser médica. Estas manos van a salvar vidas”. Le digo que debe ser una vocación congénita, pues la primera vida que salvó fue la de Matilde.

Matilde y Aura Cristina no paran de besarse y abrazarse durante toda la entrevista. Pero temen que ponerles sus rostros y apellidos a esta historia pueda causarles líos en esta Colombia acostumbrada a rumiar odios. “Ya nosotros pagamos un precio muy alto y esta guerra tiene que acabar aquí. Todo el país les debe ese final a las víctimas”, dice Matilde. Y añade: “Es lógico que haya desconfianza. ¿Cómo no? Fueron demasiadas las atrocidades, pero nos merecemos otra suerte”. Y a aquellos que sólo han visto la guerra por televisión, que no saben qué es perder un hijo, que jamás han escuchado la detonación de una mina o el estampido de una bala, ¿qué les dirías? “Que vayan al cuarto del ser más querido, que lo miren a él o a ella, y que piensen en lo lindo que sería dejarles una Colombia en paz. ¿Por qué quiero que pare la guerra? Para que a ninguna otra mujer le pase lo que me pasó a mí”.

En abril de 2016, Matilde pudo contarle su historia en Bogotá a la premio nobel de literatura Svetlana Alexiévich. El único compromiso que puso la escritora bielorrusa para participar en la Feria del Libro de Bogotá era que pudiera sentarse a puerta cerrada con cinco víctimas del conflicto colombiano. Matilde fue una de esas voces. “Ella está escribiendo un libro acerca del amor, y mi caso le interesó porque servía para ilustrar lo que el amor es capaz de hacer con una herida, las cadenas que puede romper, que Aura Cristina me salvó y, al mismo tiempo, yo a ella. Ella se interesó por conocer a Aura Cristina. Le mostré unas fotos. Me dijo que era muy linda, que ella había estado en la guerra y que, después de oírme, una vez más había comprobado que el amor es lo único que puede salvarnos”, cuenta Matilde maravillada por la sencillez de esa mujer que elevó el periodismo al Olimpo de la literatura.

“Nos dejó un correo —insiste Matilde—. Ese lo maneja mi hija Aura Cristina. Nos hemos cruzado algunos mensajes. Aura los escribe en español, los traducimos al inglés en un programa de internet y así nos hemos comunicado”. Matilde sufrió quizá el peor crimen de la guerra, por encima, incluso, de la muerte misma. Hoy, antes de que las Farc transiten su camino hacia la política, deben saldar sus cuentas con la justicia. Y con la verdad. Tendrán que confesar sus delitos y pedir perdón. La Fiscalía ya les tiene un extenso dossier sobre cómo usaron la violencia sexual en medio siglo de guerra. (El Espectador reveló parte de esos hallazgos en dos reportajes: Relatos de violencia sexual en las Farc y Crímenes sexuales del bloque Oriental) Según el ente acusador, tan sólo en el bloque Oriental 326 menores reclutadas por la guerrilla fueros sometidas a abortos forzados u obligadas a tener relaciones con sus comandantes.

¿Qué puede aprender Colombia de Matilde y Aura Cristina?, les lanzo esa pregunta mientras caminamos por el malecón. Matilde se apresura a contestar: “Que hay que seguir adelante, que hay que perdonar”. Entonces, acomoda su vestido negro, respira la brisa del Magdalena, levanta su rostro y concluye con una frase que cae como un rayo en mis prejuicios. : “Así no seremos rehenes del pasado”.