Cartas desde la marcha final

El mayor homenaje a nuestros muertos es acabar la guerra

El mayor de la Policía Alejandro Patiño es uno de los integrantes de la Fuerza Pública que ha asesorado y acompañado el proceso de paz con las Farc. Estuvo en La Habana dando elementos para la negociación del punto tres sobre cese al fuego y dejación de armas. Recientemente ha coordinado algunos recorridos de los guerrilleros a las zonas veredales.  

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Mayor de la Policía, Alejandro Patiño. /Cortesía.

Soy Policía de profesión y de corazón, estoy convencido de la noble misión que cumple nuestra Policía: servir a los colombianos y proteger sus derechos, libertades y garantizar su convivencia pacífica.

Creo en el Estado Social de Derecho y en la democracia como forma de Gobierno y mejor medio para alcanzar la convivencia pacífica, la igualdad en la diferencia y condiciones de vida digna; también en la terminación del conflicto por la vía negociada. Al final, de eso se trataba y para eso enfrentamos esta guerra desde la institucionalidad, una guerra legítima y justa en defensa de los colombianos.

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A mi juicio, nada justifica la violencia que por más de diez lustros las Farc ejecutaron contra los colombianos, contra mis amigos y hermanos. Hemos visto la muerte a los ojos, conocemos su dolor, entregamos banderas a viudas, padres e hijos, en un hasta siempre a nuestros héroes.

Poner fin a esta guerra significa una oportunidad para construir una Colombia mejor, significa abrir las puertas a un mejor país, donde todos juntos, de la mano, construyamos un mañana más incluyente, más solidario, con mayor igualdad de oportunidades para todos, los del campo y la ciudad.

Como le pasa hoy a muchos compatriotas, por muchos años sentí la guerra que desangraba a mi país como algo lejano, distante, que no me tocaba a mí, ni a mi familia, ni a mis amigos. A pesar de haber asistido al entierro de policías vecinos y de militares amigos de mí familia, y de las malas noticias sobre la violencia (tomas, secuestros) sentía que ésta no era conmigo, la veía distante, como en las películas.

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Cuando partí de mi natal Manizales en el año 2000 para ingresar a la Escuela de Cadetes (en la época del Caguán, cuando las Farc tenían su mayor capacidad armada) no dimensioné que lo que realmente hacía era irme a esa guerra, a vivirla en carne propia.

Muy rápido la vida, más bien la penumbra y la tragedia de la muerte, sobre todo cuando es temprana, me harían sentir el dolor de la guerra… aunque muy joven en mí vida, Dios, ya nos había enfrentado al dolor y duelo infinito que producen las pérdidas prematuras e inesperadas…  

El asesinato de mi Teniente Meléndez -un joven oficial no mayor de 20 años que había sido mi Brigadier en la Escuela- a los pocos meses de graduarse como Subteniente durante el hurto a un peaje en Neiva por las Farc, y posteriormente el homicidio de Puerto (Diego) –mi mejor amigo del Curso- y Limpias (Felipe) por los paras en Medellín, me recordarían el dolor insondable que produce que los padres, en contra del ciclo de la vida, entierren a sus hijos.

Las trompetas del himno del silencio, las banderas cubriendo los ataúdes, el ruido de las salvas al aire… hay momentos que nunca se olvidan y que ocasionalmente atropellan nuestros recuerdos, reviven la nostalgia y también la impotencia… llevaré hasta la tumba el recuerdo del funeral de mi mejor amigo en la Escuela. La noche de su entierro que pasé en la casa de sus padres… Como dice el poeta, cuando uno llora, no sólo llora por lo que llora sino por todas las veces que ha dejado de llorar.

Es por estos dolores que no se borran, por tantas tragedias que no tienen nombre, por estas nostalgias repetidas, que siempre estuvimos convencidos de la imperiosa necesidad humana de terminar el conflicto armado. Entendimos bien que nuestro sacrificio era precisamente para preservar nuestro orden democrático y que nunca se trató de una guerra de exterminio. 

El mayor homenaje a nuestros muertos, a sus viudas, a sus huérfanos, es acabar la guerra, evitar nuevas tragedias, impedir nuevos ciclos de violencia y rencor, dar una oportunidad a las Farc, pero sobre todo a los colombianos, de perdonarnos y reconciliarnos, de reencontrarnos como Nación, como hermanos, como hijos de un mismo Dios.

El país debe saber que la Policía Nacional fue determinante para sentar a las Farc en la Mesa de Conversaciones, blindar el proceso de paz y orientar al equipo de Gobierno. Más importante será aún, en este nuevo amanecer, en esta luz que nos brinda el Acuerdo Final, para construir la paz estable y duradera.

En La Habana, por cerca de dos años de ausencias eternas, con profundos sacrificios personales y familiares, honramos a nuestros hombres y mostramos al país el compromiso moral de unas fuerzas armadas legítimas, fieles cumplidoras de su misión, respetuosas de la institucionalidad y de las reglas de la democracia.

Durante jornadas de trabajo extensas y tensas, no exentos algunas veces de contradicciones y dilemas internos, fieles a nuestros valores, construimos con nuestros adversarios, los adversarios de Colombia, un Acuerdo de Cese al Fuego y de Hostilidades Bilateral y Definitivo y Dejación de las Armas, como muestra de la grandeza y generosidad de quienes hemos recibido el honor y deber de portar las armas de la República.

La historia reconocerá el enorme aporte de nuestra Institución a la paz de la Nación, en sus pergaminos, tras la decisión del señor Presidente de la República como jefe de Estado y el liderazgo del Alto Comisionado para la Paz doctor Sergio Jaramillo, mi General Óscar Naranjo, Jorge Luis Vargas Valencia, Álvaro Pico, Coronel Edwin Chavarro, Teniente Coronel Richard Ibáñez, Mayor Alexander Montaña tendrán un sitial. Sus nombres serán reivindicados por su convencimiento y apoyo al camino de paz.

Julián Hottinger, principal mediador de conflictos en el mundo y nuestro asesor en la Subcomisión Técnica del Fin del Conflicto, nos dijo que quienes iniciaban un proceso de negociación de este tipo terminaban siendo personas diferentes al final.

Hoy estoy convencido de eso, y también estoy convencido de que Colombia es un país distinto gracias a la Mesa de Conversaciones y a la terminación del conflicto armado con las Farc, y que el crepúsculo de este nuevo amanecer nos abre una nueva oportunidad como Nación y nos renueva la esperanza y la fe de un mejor futuro para las próximas generaciones.   

Esa esperanza y fe renovada es la que he visto en campesinos, indígenas, afrodescendientes del Cauca, Guaviare, Caquetá, Putumayo; y también en los rostros de los guerrilleros que por tantos años enfrentamos, y con quienes en estos días coordinamos sus desplazamientos por ríos y caminos de esa Colombia profunda para ubicarse en las zonas veredales donde dejarán sus armas y se integrarán a la democracia.       

Ver a las Farc en su marcha final para dejar las armas es ver a mis policías y soldados muertos en esta guerra marchar hacia el cielo, en la paz eterna del deber cumplido y de haber honrado con sus vidas el juramento que un día todos hicimos, defender a Colombia hasta verla respetada y libre.

Esa, esa es mi visión de la marcha final de las Farc, la marcha victoriosa de policías y soldados de honor que lo entregaron todo, todo, por la Paz de la Nación. 

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