Conversatorio Colombia2020

¿Cómo superar la conflictividad en el posconflicto?

Esa es la pregunta que reúne a cuatro líderes de diferentes puntos del país, quienes intercambian sus experiencias en Bogotá, resolviendo los conflictos sociales en sus comunidades.

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Gloria Castrillón, directora de Colombia2020, modera el panel en la Universidad Central de Colombia.
/Colombia2020.

Gladys Baloyes es una chocoana que lleva 37 años trabajando como maestra y entregando su tiempo libre, sus esfuerzos y hasta su sueldo, para que los jóvenes que habitan barrios vulnerables del sector de Kennedy, en Bogotá, se vinculen a su grupo cultural, y en lugar de robar o consumir drogas, aprendan a bailar.

“Yo me voy a los parques y veo a los negros que se paran por ahí, los invito a tocar el tambor o a bailar. Ya conozco desde lejos cuáles son los que andan en malos pasos y me los traigo”, dice con su acento del Pacífico. Lo mismo hace con las chicas más rebeldes del colegio Nelson Mandela, en Patio Bonito, donde dicta clases.

Los atrae con la música y con el baile. Los estimula con las presentaciones y los concursos. En esas anda hace 40 años. Ha tenido varios grupos. En Codazzi, en Medellín, y luego en Bogotá. En su mejor momento tuvo casi 80 muchachos entre afros, mestizos e indígenas. Hoy dice que “solo” tiene 57 y explica que se enfocó en la población afro porque es consciente de que “los negros la pasan muy mal en esta ciudad”.

Ese trasegar ha sido obligado. La violencia la ha perseguido, pero ella ha sabido hacerle el quite. Su único cambio de ciudad voluntario fue cuando salió de Quibdó hacia una vereda llamada Casacará, en Codazzi, Cesar. Por esa misma época, años 80, el padre Leonidas Moreno llegaba a la capital del Chocó a abrir parroquias en el norte del departamento. Allí estuvo una década abriendo parroquias y ganando feligreses. Después se fue a crear la Diócesis de Apartadó. Allí tuvo que acompañar a las comunidades en momentos en que se desmovilizaba el Epl y los Rambos o Tangueros (paramilitares al mando de Fidel Castaño) se disputaban el poder con las Farc.

Por su trabajo en la región, es uno de los sacerdotes que más conoce de la zona de Urabá. Lleva décadas de trabajo al lado de las comunidades en medio de una historia violenta y una crisis humanitaria sin precedentes en la región. Además de ser director de la Pastoral Social de Apartadó, es director del Programa de Desarrollo y Paz de Córdoba y Urabá, Cordupaz.

“Las comunidades tienen arraigo en su territorio y eso fue fundamental para organizar comunidades de paz como la de Nuestra señora del Carmen (Salaquí y Truandó), la Niña María (Curvaradó y Carmen del Darién). Eso les permitió sentir que no estaban solos en su derecho a reclamar el principio de distinción en medio de la guerra”, destaca el padre.

A pesar del desarme de las Farc, el religioso admite que la región de Urabá sigue siendo un laboratorio de todas las guerras, como la calificaron hace unos años. Sin embargo, “hoy debe ser un laboratorio de paz. Una lección importante es el proceso del Epl en Urabá. Ellos fueron aceptados como opción política. Se les dio oportunidad”, dice.

Este jueves en Bogotá, Gladys y el padre Leonidas comparten panel en el conversatorio “¿Cómo superar la conflictividad local en el posconflicto?”, con otras dos líderes: Irma Tulia Escobar y Elena Tinoco. Su conversación girará en torno a las experiencias que han vivido ayudando a las comunidades a superar conflictos. Esos saberes son fundamentales en momentos en que el fin de la confrontación con las Farc, trae nuevos desafíos a los colombianos.

Irma Tulia, desde Tuluá, y Elena, desde Guaduas, Cundinamarca, se reconocen como líderes desde muy pequeñas. Ambas vivieron infancias duras, llenas de privaciones y dificultades y tuvieron que asumir muy pronto responsabilidades de adultas.

“Yo creo que fue porque me crie en medio de mis dos hermanos varones y como tuve que cuidarlos, mientras mis papás trabajaban, tal vez por eso me volví líder. En el colegio fui la primera delegada departamental de jóvenes, luego ayudé a formar la red juvenil”, dice Irma Tulia.

Tuvo el privilegio de terminar el bachillerato y gracias a su talento para el atletismo accedió a becas, cursos y la posibilidad de hacer una licenciatura en educación artística. De tal manera que cuando los paramilitares asesinaron a su hermano y la obligaron a desplazarse de su finca, ya sabía qué hacer. Ayudó a organizar a otras víctimas para reclamar sus derechos y creó la organización de madres cabeza de familia.

A través de su Fundación Luz y Esperanza, capacita a mujeres en inteligencia financiera y desarrollo de habilidades productivas. “El 90% de sus beneficiarias son mujeres afro, la mayoría no saben leer ni escribir, pero salen empoderadas”, resalta Irma, quien hoy representa a las mujeres de todo el país en la Mesa Nacional de Participación de Víctimas.

A Elena Tinoco también le tocó hacerse cargo de sus hermanitos desde los ocho años. “Yo iba al colegio a representarlos y las profesoras me animaban a estudiar y me decían que yo tenía liderazgo. Pero pensé que la solución a mis problemas era conseguir marido y me equivoqué”, se ríe hoy.

Después de criar a sus hermanos, siguió con sus hijos. Y, no hace mucho, logró validar la primaria y el bachillerato. Ahí se dio cuenta que otros campesinos como ella podrían estudiar así no hayan ido nunca a la escuela. Se inventó Efhecto, una escuela no formal en el que dicta talleres a personas de bajos recursos, de veredas lejanas que no han podido acceder a la educación.

Capacita en seis temas: familia, organización, proyectos productivos, temas ambientales, formación política y cultural. Graduó a más de 250 alumnos en Guaduas, y replicó el modelo en Yacopí, Caparrapí, Samaná y San Diego, en Caldas y otros municipios de Antioquia. “La gente pierde miedo de hablar, conoce sus miedos, busca soluciones. Es que los campesinos tenemos habilidades, pero están dormidas”, comenta Elena.