¿Cómo está la salud mental de la población afectada por el conflicto armado?

Después de dos años de trabajo en Colombia, Pierre Garrigou, saliente jefe de la misión de Médicos Sin Fronteras, explica cuáles serán los retos de la salud en el posconflicto. Cuenta que cientos de sobrevivientes sufren de ansiedad y depresión crónicos.

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Médicos Sin Fronteras lleva 30 años trabajando en Colombia.
Lena Mucha-Médicos Sin Fronteras

Pierre Garrigou, lideró por dos años la misión de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Colombia. Cuenta que viajó por decenas de municipios implementando estrategias de salud primaria. Ahora, mientras se alista para a dejar el país, le contó a Colombia2020 cuál es el diagnóstico de las zonas más vulnerables del país, especialmente en materia de salud mental.

El panorama está lleno de desafíos, entre ellos, atender a los excombatientes, mejorar la atención primaria y no descuidar a las zonas azotadas por los nuevos tipos de violencia urbana. Pero Pierre también se lleva una buena impresión de la inmensa capacidad de resiliencia de los sobrevivientes del conflicto armado colombiano.

¿En qué zonas trabaja Médicos Sin Fronteras?

Hemos estado en varios departamentos como Putumayo, Caquetá, Nariño, Norte de Santander, Arauca, Montería y Chocó. En esos lugares la organización ha atendido a población vulnerable en salud primaria por medio de un grupo de médicos que se desplaza a la zona cuando hay una emergencia. Tenemos centros permanentes en Tumaco y Buenaventura. Hace un poco más de dos años empezamos a atender también la salud mental de las comunidades afectadas por el conflicto armado.

¿Cómo eligen los lugares en los que deben trabajar?

Con base en un monitoreo que hacemos a nivel nacional. Nos llega información de diferentes fuentes y así sabemos cuáles son las comunidades más vulnerables. Cuando hay foco de violencia se moviliza un equipo médico a la zona.

¿Cómo ha cambiado la dinámica del trabajo con el proceso de paz?

Ha disminuido en algunas zonas. Ahora tenemos un trabajo fuerte en las zonas urbanas de Tumaco, Buenaventura. Desde fines de 2015 empezamos a responder a distintos focos de violencia que tienen otros actores armados. Me refiero a Chocó, el norte de Antioquia y el sur de Córdoba. En estas zonas se ve la influencia de otros grupos armados como el Eln y neoparamilitares.

¿En Tumaco y Buenaventura se empieza a ver cómo ha mutado la violencia en estas ciudades?

En los dos proyectos urbanos que tenemos vemos violencia que no está directamente relacionada con el conflicto tradicional sino con el control social que se hace sobre las poblaciones de los barrios más humildes. En estos casos nuestro eje de acción no es salud primaria en general, porque estamos en contextos donde hay un sistema de salud que funciona, con algunos problemas pero está ahí. Entonces trabajamos más la salud mental y sobrevivientes de violencia sexual.

Y con todos los sitios que han visitado y las personas que han atendido ¿Cuál es el diagnóstico de la atención en salud mental en Colombia?

Sin duda es uno de los ejes de la salud con menos respuesta del Gobierno nacional. En las zonas rurales en las que hemos estado desde hace años encontramos que los servicios en salud mental son casi inexistentes. En lugares como en la cordillera del Cauca donde empiezan a reconocer la importancia, las EPS ponen psicólogos pero no son clínicos sino que es el primer profesional que llega y termina haciendo otras actividades administrativas que no responden a la necesidad de promoción y prevención de enfermedades mentales.

¿Entonces hay un vacío institucional en esa materia?

Si lo anterior sucede donde el servicio existe ¿cómo será en poblaciones con un histórico de 50 años de violencia que han vivido un montón de eventos y no tienen atención? El 80% de las poblaciones que atendemos han vivido al menos un evento de violencia y muchos pueden hablar de dos eventos graves. Muchos sufren de depresión y ansiedad crónica. Al mismo tiempo, cuando viven eventos nuevos desarrollan estrés agudo o estrés postraumático. Esto se nota sobre todo en los lugares donde los equipos atienden emergencias muy recientes pocos días u horas después de los hechos. Ese tipo de estrés es muy evidente en las reacciones iniciales de los sobrevivientes.

El estrés postraumático hace que las víctimas revivan una y otra vez el episodio negativo. Es más difícil de tratar porque es más patológico. Es común en poblaciones que están habituadas a tener diferentes tipos de  violencia, no es que la acepten pero ya es parte de su día a día. Eso pasa en Buenaventura, por ejemplo. Es gente que está acostumbrada a la extorsión, a la desaparición de conocidos, a la violencia sexual y otras formas de terror. En esos casos la ansiedad y la depresión son temas de todos los días.  

¿Cómo explicar de manera práctica la importancia de la atención psicológica en todos los municipios de Colombia?

Hay que entender que las enfermedades mentales afectan la vida cotidiana de las personas. Esto no pasa solo en Colombia. En muchos contextos la salud mental se deja de lado por estar pensando solo en la salud física y entre una población esté menos informada, menos se entiende la importancia de ir a un psicólogo.

¿Cuál ha sido la estrategia para atender la salud mental de las comunidades afectadas por la violencia?

Generalmente los equipos empiezan con actividades grupales explicando qué es la salud mental cómo se manifiesta la depresión, la ansiedad y otras enfermedades. Al entender eso, muchos se sienten identificados y se presentan a terapias más específicas y personalizadas.

¿Cómo tratan los traumas que deja la violencia sexual?

La mayoría de los casos que hemos atendido el perpetrador es un vecino, un familiar o alguien muy cercano. Tumaco y Buenaventura son los lugares que tenemos más estudiado el tema. Allá intentamos llegar a los casos en un periodo no mayor a las 72 horas por que se pueden realizar intervenciones  para evitar enfermedades transmisibles como VIH – Sida y otras.

Allí identificamos que la mayoría de los casos están ligados a un patrón muy cultural. La población joven no es muy consciente de qué es la violencia sexual. Allá hay cierta promiscuidad desde  muy jóvenes y se ha vuelto habitual intercambiar sexo por objetos como celulares. Eso, socialmente, no se entiende como violencia sexual. Lo primero es explicar que la violencia sexual es mucho más amplia. Para los adultos también es un poco difuso la definición de la violencia sexual.

En conclusión, ¿cómo se debe enfocar los esfuerzos hacia la salud mental durante el posconflicto?

En varios puntos. Con una cantidad de ex combatientes cuya profesión ha sido combatir toda la vida yo creo que tratar su salud mental es primordial. No tratar el tema puede generar más violencia. Claro que la salud mental debe ser general porque no solo los combatientes han estado expuestos a niveles de violencia. Las poblaciones víctimas, las poblaciones donde los combatientes van a vivir, todos deben tener acceso a una salud integral. Por eso un gran reto es volver la salud mental parte del nivel de salud primara para extenderla más con un enfoque clínico.

Otro punto clave es que, con todo este anhelo de paz y referencias al posconflicto, no se nos olviden las comunidades que aún viven en guerra. Chocó, por ejemplo, ha sufrido varios desplazamientos forzados este año.  Son poblaciones que siguen sufriendo los mismos problemas que vivían diez años atrás. No han mejorado.

Pero hay otros factores que también afectan la salud tanto física como mental. Me refiero a la falta de infraestructura como vías, agua limpia y alcantarillado. Últimamente las barreras para atender a la población no era la violencia, sino que no hay cómo llegar a las comunidades que viven en veredas apartadas. Esas poblaciones necesitarán mucho apoyo.