¿Cómo cambiar la narrativa del odio en Colombia?

Tonei Glavinic, miembro de la organización Dangerous Speech Project, habla sobre el lenguaje peligroso y el lenguaje de odio, que durante años se han arraigado en sociedades que viven conflictos sociales y armados, y sobre cómo se pueden superar estas formas de expresión divisivas, violentas, mediante nuevas narrativas y contranarrativas.

photo.jpg

Tonei Glavinic, miembro de la organización Dangerous Speech Project.
Mauricio Alvarado

Un tema recurrente entre los ciudadanos es cuál puede ser el aporte de cada uno para la construcción de paz desde su cotidianidad, teniendo en cuenta que la paz no es la firma de unos papeles en Cuba, ni un acuerdo entre Santos, Uribe y las Farc, sino un proceso en el que deben participar todos los colombianos. Durante el LV Congreso de Psiquiatría que se realizó en la Universidad del Norte, en Barranquilla, organizado por la Universidad de La Sabana y el Centro Carter, este asunto no pasó desapercibido. Tonei Glavinic, miembro de la organización Dangerous Speech Project, ofreció una conferencia sobre el lenguaje peligroso y el lenguaje de odio, que durante años se han arraigado en sociedades que viven conflictos sociales y armados, y sobre cómo se pueden superar estas formas de expresión divisivas, violentas, mediante nuevas narrativas y contranarrativas.

-¿Qué es Dangerous Speech Project?

Somos un proyecto de investigación, no afiliado con ninguna universidad, que empezó inspirado en un trabajo con la Oficina de la ONU para la Prevención del Genocidio y las Atrocidades Masivas. Surgió para mirar qué origina la violencia y cómo aproximarnos a estos problemas. De ahí salieron las primeras guías para abordar lo que llamamos un discurso violento. Encontramos socios en lugares como Kenya y Myanmar para poner nuestras ideas en práctica, para usarlas como base para monitorear proyectos, iniciativas de educación, y también hemos conectado con gente por todo el mundo que han tomado estas ideas para aplicarlas a su propia investigación y procesos en Sri Lanka, Nigeria y Etiopia. Tratamos de servir como un centro para juntar a la gente, para que pueda trabajar en estos asuntos y haya un mejor entendimiento sobre el uso del lenguaje y los riesgos que puede implicar.

-¿Por qué es importante cuidar el lenguaje?

Nuestra meta es, a través de todo el trabajo que realizamos, ayudar a prevenir la violencia. Nuestras guías y nuestro marco de trabajo lo vemos como una herramienta que puede ser la base del esfuerzo por reducir o prevenir la violencia.

-Cuando un conflicto termina, el lenguaje sigue cargado con expresiones que son violentas, que deshumanizan al enemigo. Eso lo estamos viviendo en Colombia.  ¿Cómo curar nuestro lenguaje?

Desearía tener una respuesta fácil. Es algo que continuamos tratando de esclarecer. Ciertamente, es difícil pasar de una situación en la que las personas se están atacando unas a las otras, deshumanizándose unas a las otras, a una situación en la que la gente pueda vivir y coexisitir pacíficamente. Hemos visto algunos esfuerzos por hacer eso a través de sistemas de justicia formales e informales, en cuestiones como los tribunales de Nuremberg, o los círculos de justicia en Ruanda, pero no hay una receta específica.

Lo que puedo decir es que es un proceso de largo plazo. Gran parte tiene que ver con construir relaciones. Toma tiempo para pasar de ver a alguien como otro, a verlo como parte de uno, como parte de la sociedad. Han hecho un gran trabajo en Ruanda, tuve la oportunidad de atender el cierre oficial de sus tribunales de justicia y paz, el proceso está oficialmente acabado, pero en realidad sigue. En Estados Unidos vamos a tener algunos asuntos similares después de las elecciones de noviembre. Este es uno de los más dolorosos ciclos de elecciones que yo haya visto. Creo que va a tomar tiempo y mucho trabajo de mucha gente para tratar de unir al país después de un proceso tan divisivo.

-¿Cómo puede la gente del común identificar si está usando un lenguaje peligroso?

Si uno busca evitar hablar de maneras que puedan ser peligrosas, se trata de dar un paso atrás y pensar sobre todo en el impacto que causan las palabras. Si con lo que uno está diciendo está deshumanizando a otra persona o grupo, poniéndolo e la categoría de los que no valen la pena, el lenguaje puede ser peligroso y puede incitar a la violencia. Hay ciertamente situaciones en las que las palabras se pueden interpretar como una justificación o un llamado a la violencia de algún tipo, aún cuando estas expresiones pasen desapercibidas.

Entonces, no es nada distinto a estar atento al impacto del lenguaje, de las palabras, de lo que uno dice en las redes sociales.Esto aplica sobre todo a gente que tiene mucha influencia, puede ser un político, un jugador de futbol, un músico, un líder comunitario, o alguien muy respetado por sus círculos de amigos y colegas. La gente lo puede ver a uno como un modelo y buscar pistas sobre cómo actuar, cómo pensar. Entonces hay que estar atento al rol que uno juega y observar si está promoviendo la paz o la violencia.

-Usted dice que, ante la desinformación y los discursos peligrosos, no basta solo con corregir con los mensajes enviando hechos correctos, porque eso no tiene mucho impacto. ¿Cuál es la mejor contranarrativa?

Es algo que exploramos. Se trata mucho de las historias personales. La contranarrativa requiere la narrativa de una historia. Resaltando los elementos humanos, sobre todo si uno habla del aspecto de la salud mental. Lo que puede cambiar las mentes de la gente es tener experiencias en primera persona. Si hablamos de alguien con una enfermedad mental, por ejemplo, no basta aclarar que esa persona “no es una cucaracha, es un humano”, hay que mostrar a la persona, contar la historia sobre su familia, su rol en la comunidad. Resaltar todos estos aspectos humanos de manera que alguien que no conoce a esta persona, que no le gusta, puede encontrar un suelo común y conexión con ella.

-Como periodistas en Colombia enfrentamos varios dilemas. Si dejamos de llamarle de una manera a los guerrilleros, si cambiamos la palabra terroristas, bandoleros, criminales, el propio periodista puede quedar estigmatizado, porque se puede pensar que los está apoyando. Existe un grado alto de odio en la sociedad hacia la guerrilla y buscar humanizar al enemigo puede ser costoso para el periodista…

Cambiar las narrativas es duro y probablemente no genere muchos amigos. Pero es importante si uno empieza por reconocer el rol que puede jugar en ese proceso, es en alguna manera un tema de políticas, de tiempos, de determinar qué tan rápido es muy rápido para proponer nuevas formas de hablar. En Myanmar, la líder de la Liga Nacional por la Democracia (la Nobel de paz Aun San Suu Kyi) es constantemente criticada por no hablar de manera contundente a favor de la comunidad musulmana minoritaria, pero para ella es un tema demasiado delicado, estratégico. Ella reconoce que si presiona muy rápido, puede perder el respeto y el poder que tiene sobre la gente que se opone a esa idea. Hay que establecer cómo cambiar despacio la conversación, si se hace demasiado rápido la gente se puede enfurecer, pero si uno no lo hace, nada va a cambiar, va a permanecer el riesgo de la violencia. Humanizar el enemigo puede tener un alto costo político, ustedes lo acaban de ver en Colombia.

Lo importante a resaltar aquí es que cambiar la narrativa es una manera de prevenir la violencia. Nuestras comunidades, nuestras relaciones, están hechas de historias. Es sobre esas narrativas que está construida nuestra manera de pensar sobre el otro. Así que, sobre eso, se pueden construir nuevas historias, una nueva capacidad para pensar críticamente, reconocer otras perspectivas y abrir corazones y mentes, incluso en personas que han hecho cosas terribles. El cambio de narrativa es una llave para seguir adelante.