Cartas desde la marcha final

Un curtido comandante guerrillero del bloque Oriental y un oficial retirado de inteligencia del Ejército escribieron sobre sus temores, angustias y sueños, mientras más de 6.000 integrantes de las Farc se movilizaban por todo el país. Ya no hay trincheras, ya no hay combates. Juntos construyen puentes, desentierran carros en la trocha. Los guerrilleros emprendieron su última marcha, la que los llevará a dejar las armas y a luchar sin ellas; los militares y policías los guiaron, los transportaron y los escoltaron.

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Esta imagen corresponde al movimiento de integrantes de las Farc hacia Pondores, en Fonseca, Guajira, una de las primeras en recibir a los guerrilleros.
/ Cortesía OACP

Desde el último campamento, la última marcha

Fidel Rondón, comandante guerrillero del bloque Oriental

Cuando ingresé a las Farc-EP, allá en un lejano día de 1989, ante aquel recibimiento que me dieron Esteban González y Nelson Robles en las estribaciones de la cordillera Oriental, tenía ya la convicción de que se vendrían años duros, de aprendizaje, de marchas, de guardias, de rancha, de emboscadas, de alejamiento de la familia, de todo lo que hay que hacer para hacer posible el acto de rebelión armada al que me había empujado la guerra sucia contra la Unión Patriótica. Unos 28 años después me encuentro, al igual que cientos de camaradas con los que he compartido esta irregular forma de vida, ante la incertidumbre de una forma de vida diferente, alejado de las armas, del acoso y de esa extraña emoción que se siente al jugar al gato y al ratón, o al ratón y al gato, en medio del terreno donde se libró una vez la guerra de guerrillas en nuestro país.

Estamos prestos a abandonar nuestro último campamento, a realizar nuestra última marcha, las últimas ranchadas, los últimos turnos de guardia y a sentir por última vez un fusil en nuestras manos, ahora que sólo lo descolgamos de una horqueta para hacerle aseo, mirar nuestra pistola y acariciar las últimas veces las granadas M-26, las que una vez nos sirvieron para improvisar minados de último momento.

Pero de manera simultánea estamos prestos, con la mirada al frente y nuestro puño en alto, expectantes, a vivir nuestro primer amanecer después del día 180, nuestro primer vestido de civil, y sin botas, con la mayor de nuestras esperanzas puestas en una verdadera y pronta implementación de los Acuerdos de La Habana. No será fácil, la desidia para las construcciones en las ZVTN donde aspiramos vivir dignamente, nos pone muy pensativos.

Aquí, en este Punto de Preagrupamiento Temporal, nacido de las necesidades causadas por la pérdida del plebiscito, a escasos dos kilómetros del lindero de la ZVTN de Colinas, en un terreno arrugado, escaso de aguas veraneras que nos disputamos muy amablemente, sin hablarnos, soldados y guerrilleros, por los hilos de monte y rodeados de potreros y vacas, estamos satisfechos de verdad que este “ahora” que estamos viviendo sea sosegado y diferente al agitado pasado reciente.

El régimen interno se acondiciona a la nueva realidad. Mucha tropa agrupada. Antes para sobrevivir a los bombardeos se operaba en unidades pequeñas y movilidad constante, desconfianza constante. Nuestro último campamento, con “piezas individuales con carpas de plástico y encierro” no se asemeja ya a las caletas de antes, que servían para una o dos noches. Ya no somos guerrilla; somos un cuerpo de tropa metamórfico y día a día nos convertimos en lo que alguna vez fuimos: civiles, campesinos, obreros, pobres de la patria que una vez le apostamos a hacer la revolución, como son las revoluciones, con las armas en la mano, con muertos y destrucción para encima construir un nuevo Estado.

Aquí en Colinas, como en San Miguel, donde está Arsenio Cocoriko, con tres columnas que suman 300 combatientes procedentes del Primero y el Séptimo frentes, dedicados hace ya varios meses a estudiar los acuerdos y a las tareas rutinarias de campamento, me encuentro rodeado de muchos jóvenes, combatientes que ya no hablan de guerra, ni de dotaciones, ni de armas, ni de los misiles antiaéreos que nunca llegaron. Ahora las discusiones son sobre la Constitución Política de Colombia, de su articulado y de las ramas del poder público, del Estatuto de Roma, para tener conocimientos previos y comprender la Jurisdicción Especial para la Paz y la Ley de Amnistía. Qué ironía leer ahora la Constitución, cuando antes subvertíamos el orden establecido por ella.

Los hombres y las mujeres que se aprestan a este tránsito, a la actividad totalmente política, a la militancia en el movimiento que seguramente saldrá de nuestro congreso constitutivo en los próximos meses, según mandato del pleno del Estado Mayor Central en el Yarí, hace pocos días, hacemos los mejores esfuerzos por prepararnos a marchas forzadas. La dirigencia del nuevo movimiento político que surja de este proceso tendrá que ser asumida por los antiguos guerrilleros.

En los muchos años por venir, cuando los excombatientes nos encontremos en la calle, en los caminos, ya con hijos, con nietos, cargados de recuerdos, recordaremos a aquellos que no sobrevivieron a la guerra, los que hicieron posible ese futuro que añoramos, nos diremos, ya viejos, que los recordamos en nuestras soledades, en la penumbra eterna de la noche. Y hablaremos de que valió la pena haber dedicado la parte más valiosa de nuestra vida a lo que hicimos, por un poco de paz, otro poco de tolerancia y mucha más democracia.

Aquí, en esta caleta, que no se parece a las que tuve en los días de la guerra, con una impresora y este computador, y con la ayuda de César y Katerine, dos curtidos guerrilleros que también sobrevivieron a la guerra, me dedico a imprimir librillos sobre los puntos del acuerdo final. El complejo paquete de “Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición”, los Protocolos del Cese al Fuego, el de Tierras, Participación política, cultivos ilícitos, todo… para entregarles a las diez escuadras que conforman la columna Martín Martínez. A explicarlos, a enseñar. Qué coincidencia, estoy terminando esta vida productiva con el mismo trabajo con el que comencé, de profesor, en un aula como en 1980 cuando me posesioné en la Secretaría de Educación del Meta. Otrora jóvenes estudiantes, ahora jóvenes guerrilleros, no se diferencian; éstos también se preparan para “ser alguien en la vida”. A eso nos dedicamos, mientras llueve…

No estoy en el lugar equivocado

Un oficial retirado de inteligencia del Ejército​ 

Realizar movimientos terrestres y fluviales, contabilizar tiempos, garantizar alimentación, recopilar cifras y coordinar acciones entre instituciones fueron, entre otras, las actividades que tuvimos que realizar para garantizar una de las operaciones más nombradas en estos días: la movilización de las Farc a las Zonas Veredales y Puntos Transitorios de Normalización. Años atrás era impensable que lo aprendido en las Fuerzas Militares fuera de utilidad para mover a los integrantes de la guerrilla más antigua de América a los sitios donde dejarán las armas.

En este trabajo pude observar el compromiso de funcionarios públicos y de contratistas que sólo han conocido la guerra. Es la representación de una juventud comprometida con la paz. Más de 25 personas de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz se movieron por todo el país para garantizar esta operación. Al preguntarles qué motor les daba la energía, ellos reconocieron la labor de nuestros soldados. “Verlo a usted creyendo en la paz es una garantía, lo que merece Colombia es soldados comprometidos con la paz”, me decían.

La operación involucró instituciones como las Fuerzas Militares, la Policía, el Ministerio de Salud, la Oficina del Alto Comisionado, Fondopaz, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, la ONU y, por supuesto, las Farc. Todos coordinados desde un centro de control en las instalaciones del Mecanismo de Monitoreo y Verificación. Es emocionante ver a tantas personas comprometidas con cumplimiento de los protocolos del acuerdo.

El grueso de los movimientos se desarrolló durante cuatro días. Sólo quedaron sin realizar algunos que por el desafío logístico requieren un mayor planeamiento. Quiero resaltar el profesionalismo y la dedicación de todos los que participaron en el interior de las caravanas; no se produjeron accidentes y se cumplieron los protocolos, se logró una ejecución brillante.

No hubo recorridos muy extensos, donde se requería utilizar transportes mixtos (carro y lancha) se hizo, en todos se logró coordinar la gente en el terreno, con el puesto de control y con los proveedores del transporte.

Agradezco a los propietarios y a los conductores de estos medios de transporte. En ellos encontramos unos aliados maravillosos, colombianos que aportaron con su esfuerzo y que se sorprendían al ver en un mismo escenario a policías, soldados y guerrilleros. Con seguridad que las historias que vivieron en estos días de trasnocho las llevarán a sus casas y las transmitirán a sus familiares y amigos. Así las historias de la paz empiezan a salir de los territorios hacia las ciudades, donde se necesita el conocimiento de esta realidad.

Muchas personas salieron a las carreteras a ver las caravanas. Sé que los sentimientos en las vías y en los pueblos pueden ser contradictorios: unos a favor, otros escépticos, pero lo que sí puedo afirmar es que los hechos de paz están ahí, no se pueden desconocer.

Soy también consciente de que mi trabajo es visto con escepticismo y he recibido cuestionamientos, reclamos, he sido intimidado, a veces, hasta con palabras que pasan el límite de lo jurídico, pero al ver tantas personas comprometidas, tantos gestos de paz, al ver el esfuerzo que realizaron durante años nuestros soldados y policías para lograr este momento, sé que no estoy en el lugar equivocado.

Me impactó mucho recibir requerimientos de las Farc para transportar enseres, eso sin duda, es todo lo contrario a la guerra de guerrillas que padecimos por décadas. Vi colombianos dejando atrás un pasado para buscar un futuro.

Me pareció curioso que se gastaron muchas pastillas contra el mareo, que había guerrilleros que no habían hecho recorridos largos en vehículos, otros ni siquiera se habían subido a un bus con aire acondicionado. Eso sí, se esmeraron por sacar lo mejor de su vestuario. Se notó que hubo planeamiento, sabían el paso que estaban dando. En las caravanas la disciplina era aplicada por los comandantes guerrilleros, el orden se vio en las paradas, en las comidas. Estoy seguro de que se sintieron bien acompañados.

Creo que el país no logra dimensionar todavía la magnitud de esta operación. Se desarrollaron alrededor de 40 movimientos, más o menos entre ocho y diez por día.

Confieso que no me costó trabajo acercarme a ellos, porque tuve entrenamiento en derechos humanos y uno sabe que al adversario se tiene que respetar. Lo que reconocí desde el primer momento que los vi, es que eran seres humanos.

En los recorridos se notó la confianza con el Ejército y la Policía. Hace rato que pasó ese primer impacto. Eso demuestra que en la paz ni soldados ni guerrilleros se sienten solos.