El audiovisual fue producido por Misiones Salesianas

Alto el fuego, el documental sobre dos menores exguerrilleros

Catalina y Manuel, dos adolecentes desvinculados de grupos armados, llegaron a Madrid porque son los protagonistas de “Alto el fuego”, un documental sobre la reinserción de menores desvinculados de grupos armados que se lanzará en varios países de Europa.

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Manuel y Catalina son conscientes de que su historia es una herramienta potente para comprender los procesos del perdón y la construcción de la paz.
/Cortesía

La semana pasada conocí en Madrid (España) a Catalina y Manuel, dos jóvenes exguerrilleros. Desde que tengo conciencia, la guerrilla siempre ha tenido una presencia importante en mi vida, al igual que la guerra, la violencia y el conflicto armado; todo junto conforma una enorme sombra que penetra en mis recuerdos, mis pensamientos, mis escritos, mis lecturas y mis sueños. Una vez vi a tres guerrilleros caminando con sus botas Machita embarradas a un lado de la carretera, recuerdo el silencio que se hizo en el carro y que el corazón casi se me sale por la boca; sin embargo, a pesar de esta omnipresencia, nunca antes había tenido la oportunidad de sentarme durante horas a conversar con alguien que hubiera pertenecido a un grupo alzado en armas. Dos hechos me impactaron especialmente esa tarde: el primero, que cuando estos chicos entraron a la guerrilla tenían apenas trece años, y el segundo, que, según lo percibí, son personas hoy en día felices y bastante risueñas.

Catalina y Manuel tienen diecinueve años, vinieron a Madrid porque son los protagonistas de un documental sobre la reinserción de menores desvinculados de grupos armados que se acaba de lanzar en varios países de Europa. En el documental, llamado Alto el fuego y producido por Misiones Salesianas, Catalina y Manuel, además de contar las duras experiencias que vivieron en la selva, también explican lo que hacen en el centro de atención, Ciudad Don Bosco, en Medellín, a donde llegaron luego de salir de la guerrilla.

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Catalina habla con acento paisa, pero es originariamente de Bogotá. Es una mujer muy alegre, aunque a veces se le pierde la mirada y se queda suspendida en algún recuerdo. Hizo un técnico en artes gráficas y está ad portas de empezar la carrera profesional en enfermería en la Universidad de Medellín. Mientras caminábamos por la ciudad, ella fascinada con cada parque, edificio y plaza que veía, recordó la historia de la camarada Arlette, la protagonista de Travesuras de la niña mala de Vargas Llosa, que fue guerrillera en la Revolución cubana. Para Catalina, ella nunca debió morir —como ocurre en el final del libro—, después de haber luchado tanto merecía vivir, dijo, y es que fue precisamente el amor por la vida lo que motivó a Catalina a salirse hace tres años de la guerrilla.

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Manuel se fue de la casa a los ocho años. En su cuerpo tiene las marcas de una vida en la calle y en la selva. Le gusta dar abrazos y hablar sobre la “libertad”. Mientras estuvo en la guerrilla le tocó vivir una experiencia profundamente desgarradora: su hermano solía desobedecer las órdenes de los comandantes; tras un consejo de guerra, en el que la opinión de Manuel fue consultada, finalmente se decidió por la muerte del muchacho. Cuando terminó de contarme, nos miramos en silencio y susurró: “Lo que diga el reglamento, dije yo”.

Ambos son conscientes de que su historia es una herramienta potente para comprender los procesos del perdón y la construcción de la paz, por eso han decidido contarlo casi todo. “Yo sólo creía en lo que veía”, me dijo Catalina, “sólo creía en el monte, en las armas, en los enfrentamientos. Y ahora mismo míreme, soy una mensajera de paz, ahora creo fervientemente en la paz y en el perdón”. Manuel, por su parte, me contó que todos sus familiares, amigos y hasta gente que no lo conoce lo han perdonado, “con ese perdón cómo no voy a ser capaz de perdonar yo a los que me han hecho daño a mí”.

Al oscurecer buscamos un lugar con televisor y pedimos que nos sintonizaran uno de los canales nacionales donde hablarían del documental. Me senté en una silla detrás de ellos. Desde ahí pude ver a Catalina y Manuel cogerse de la mano cuando comenzó el programa y sonreírse con dulzura el uno al otro, y en la pantalla pude ver a Catalina y Manuel en Medellín contando su historia. Recuerdo el silencio del lugar y que el corazón casi se me sale por la boca. Una vez más la presencia de la guerrilla, en esta ocasión a dos niveles frente a mis ojos (la metaguerrilla), pero esta vez era el perdón lo que lo penetraba todo.