Norte Amazonia, destrucción y desembarco

Mientras en Bogotá muchos analistas y funcionarios del “posconflicto” se devanan el cerebro diseñando fórmulas para aplicar en regiones víctimas de la guerra interna, en terreno los campesinos, colonos e indígenas se siguen preguntando como será el fin del conflicto y la construcción de paz.

Medios de prensa han puesto sus focos en denuncias de deforestación en la cuenca del Guaviare. Unos se han enfocado en los nuevos problemas de seguridad con la aparición de disidencias de las Farc en medio del proceso de paz. Otros han reportado sobre la construcción de carreteras y la destrucción de bosques con todo lo que ello conlleva.

Mientras en Bogotá muchos analistas y funcionarios del “posconflicto” se devanan el cerebro diseñando fórmulas para aplicar en regiones víctimas de la guerra interna, en terreno los campesinos, colonos e indígenas se siguen preguntando como será el fin del conflicto y la construcción de paz. En efecto, en municipios como Miraflores, la lucha por el territorio continúa con facciones armadas que tienden a crecer en poco tiempo dadas las debilidades institucionales del Estado y las contradicciones entre programas, además de las historias de incumplimientos para esta parte del país.

El Norte amazónico padece varias dificultades. El vacío generado por la concentración de tropas guerrilleras bajo el mando del Secretariado de esa organización, no trajo inmediatamente después la presencia del Estado en materia social y el desorden aumentó. Acaparadores de tierra con lazos en instituciones se aprovecharon de la expectativa que despertó la solicitud de sustracción de la Zona de Reserva Forestal. Recién llegados de otras partes del país, según cuentan los viejos colonos, se tomaron literalmente amplias franjas de selva y corrieron la frontera agrícola contratando a jornaleros y aserradores para sus fines. Este desorden hizo evidente que a las autoridades ambientales no las frenaba la guerrilla sino su baja capacidad financiera y técnica sobre el territorio.

El promedio de deforestación anual pasó rápidamente de 5.500 hectáreas año en la década pasada, a más de 10.000 el año anterior. Las alertas del IDEAM por tala se multiplicaron y el Ministerio de Ambiente se preocupó porque los compromisos asumidos a nivel internacional en esta materia corren el riesgo de incumplirse. El Guaviare, es un departamento con poco mas de 100.000 habitantes pero San José su capital, con cerca de 60.000 personas, de las cuales el 70% vive en su cabecera urbana, está entre los primeros tres puestos de destrucción de la selva a nivel nacional.

Prendidas las alarmas, un conjunto de ONGs y agencias de cooperación se han volcado al Guaviare. Algunas apoyan temas de ordenamiento ambiental y otras tienen experiencias locales de conservación acordadas con la comunidad. Así mismo, se ha creado una burbuja ambiental como figura que concita la acción conjunta de Ejército, Fiscalía y autoridades de medio ambiente. Varios encuentros y talleres se han realizado en el territorio y funcionarios visitan frecuentemente a la región en una carrera contra el tiempo, en procura de ambientar los temas relativos al bosque, áreas protegidas y normatividad aplicable.

Estas acciones institucionales se producen en una etapa en la que la región se debería aprestar a discutir sobre el cierre de la frontera agrícola en el marco del proceso de paz, la solución a la ocupación de parques y resguardos por parte de colonos, la sustitución voluntaria de cultivos, el afianzamiento de la seguridad ciudadana, el fondo de tierras, el catastro rural y el capítulo étnico que tiene especial relevancia para los pueblos Nukak y Jiw, entre otras prioridades. Sin embargo, muchos actores locales ven la llegada de asesores y técnicos de Bogotá como acción aislada de las realidades del territorio, de los nuevos desafíos, del contexto histórico en el que ha evolucionado la región, corriendo incluso el riesgo de no involucrar a las entidades territoriales en su implementación.

Contener la sobre expectativa de los acuerdos, evitar la acción con daño y el inusitado desembarco, articular programas y lograr un buen nivel de coordinación interinstitucional dialogando y concertando con las comunidades las nuevas intervenciones, permitirían que la preocupación por los bosques amazónicos no sea flor de un día.  Esto sin olvidar que los procesos locales estarán siempre influenciados por dinámicas globales.

 

*Director Observatorio de cultivos y cultivadores declarados ilícitos