Luisa Rodríguez, símbolo de las "fronteras invisibles" en Colombia

Las fronteras invisibles son una consecuencia de un país sometido a la guerra y el narcotráfico y estos, a su vez, son el resultado de la riqueza y oportunidades mal distribuidas. 

Este mal, que se lleva la vida de tantos jóvenes en los barrios populares de nuestro país, no se debería combatir con planes de seguridad, a no ser que se quiera afectar el síntoma y no la enfermedad. Su mejor combate es crear oportunidades, educación y empleo. ¡Colombia tiene una deuda enorme con sus jóvenes!

Así conocí a Luisa Rodríguez, una joven afrodescendiente que nació en Cali porque sus padres salieron corriendo décadas atrás del conflicto en el pacífico caucano. Cali, estoy seguro, es la capital del pacífico no por convicción sino por necesidad. La ciudad se ha reinventando a partir de un flujo migratorio enorme de personas venidas del océano occidental del país, el hermoso pacífico. Por estas circunstancias, consecuencias de la guerra y el narcotráfico, es que Luisa nació allí.

Su familia, humilde y trabajadora se instaló en el entonces distrito de Agua Blanca: un conjunto de barrios construidos a partir de la necesidad, invadiendo predios baldíos, de empresas o familias prestantes (que es la misma cosa), y que hoy ya están en su mayoría legalizados. Sus habitantes son mayoritariamente afrocolombianos, aunque el mestizaje con personas venidas de otras culturas también es muy fuerte: caucanos, paisas, nariñenses. Aún recuerdo algunos nombres de barrios con gentes lindas pero sometidas a la miseria: Mojica, Potrero Grande, la famosa colonia nariñense, Desepaz, entre otros.

Luisa, vivía en uno de estos barrios y solía ir a la casa de atención de jóvenes que teníamos, distante a unas cuantas cuadras de su casa. Era muy cumplida y supremamente inteligente. A decir verdad, una joven brillante, estaba cursando, becada, enfermería en una universidad prestigiosa de Cali. Tenía además una sonrisa bellísima y grande, donde le cabía el mundo. Flaca y esbelta, siempre de chistes y “recocha”. Luisa cultivada en los comienzos de este programa de atención a jóvenes, sería el testimonio de que estos muchachos solo necesitan oportunidades para salir adelante y hacer grandes cosas.

La “casita” de atención a jóvenes (como le decíamos), era una casa dentro de uno de estos barrios, adecuada para que a cualquier hora del día los jóvenes pudieran llegar. Es decir, para que los muchachos tuvieran un espacio diferente a la esquina o el expendio de droga. Allí hacíamos arte, cine foros, talleres sobre temas de la realidad; compartíamos un refrigerio en las tardes y a veces se recogía dinero entre todos los que trabajábamos allí para hacer algún almuerzo colectivo. Estábamos seguros de que un trabajo de atención con jóvenes en estos contextos no funciona desde una oficina sino compartiendo las realidades que ellos viven, sus tiempos y la situación del barrio. Los jóvenes condenados a la pobreza funcionan con el afecto, desde allí se pueden construir alternativas que ellos mismos van direccionando, solo hay que acompañarlos. Por lo menos, esa fue nuestra experiencia con Luisa.

Nuestra “casita” de atención estaba en una calle que pertenecía al dominio territorial de una pandilla o combo. Muchachos reclutados para defender con pistolas los dominios de la venta y compra de marihuana, coca, basuco, que pertenecía a algún “patrón”. El pertenecer a un expendió y no al otro, los hacía matarse entre sí. Delineaban muros imaginarios que marcaban límites por los cuales se podía transitar y por los cuales no.

Ese día,  gris y frío en Cali, absurdo para la capital tropical,  fue inesperado para nosotros. Luisa, venía con su novio para la casita a compartirnos que había sido la mejor del semestre y que por esta razón su beca continuaba. Nos íbamos a emocionar y seguramente a celebrar. La esperábamos sin esperarla porque quería llegarnos de sorpresa. Eran como las 5 y algo más de la tarde, hubo un enfrentamiento entre la pandilla del barrio vecino y el nuestro, del cual solo nos separaba una calle. El tiroteo no perdonó. Una bala se le incrustó en el cuello, terminando para siempre sus sueños y los nuestros también.

Muchos de los que trabajábamos allí no lo logramos superar, nos fuimos. La muerte de Luisa Rodríguez nos abrió un agujero en el pecho y en la esperanza, el cual solo el tiempo ha podido ir sanando de a poco, como sucede con los grandes dolores. Otros compañeros valientes se quedaron, y aun trabajan con los jóvenes, seguramente otras muchas “Luisas” han podido cumplir sus sueños. La nuestra no, se fue, para siempre

Por Charli Spansky

 

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