Los Nike de El Kevin

A Kevin Javier casi lo matan en San Cristóbal porque se robó algunos bolívares que quería cambiar a pesos para comprarse los tenis que solo vendían en Cúcuta. 

A Kevin Javier casi lo matan en San Cristóbal porque se robó algunos bolívares que quería cambiar a pesos para comprarse los tenis Nike que solo vendían en Cúcuta, y así regresar desfilando por el puente internacional para mostrarlos con orgullo en la fiesta del barrio. Le faltan dos dientes frontales y la muela más visible del lado izquierdo, que cuando uno se ríe generalmente es la que primero se ve. 

-Esta me la sacaron de un puñetazo, por rata - me cuenta el Kevin desarrapado y sucio, señalando con el índice su agujero bucal.

-Vos sos muy loco, ¿por unos tenis, Kevin? – respondo

-No papi, no era cualquier cosa – me dice mirándome con cara de hambre

El tío lo pilló sacando un millón ciento cuarenta y nueve bolívares que estaban en el armario de su esposa, equivalentes a trescientos mil pesos colombianos, y lo peor, en la fiesta de 15 de su hija o sea de su prima. El Kevin pensó que en la madrugada mientras todo el mundo estaba borracho o bailando, podía robar disimuladamente el dinero del bolso de su tía y salirse con la suya rumbo a Cúcuta para comprarse los “Nike de cordón torcido”, el sueño de todos los niños de su barrio, según me dice. Todo iba bien hasta que un grito lo sorprendió.

-¡Coño de tu madre, que haces ahí chico! – le dijo el tío

-No pasa nada tío, todo fino – dijo Kevin

-Deja eso ahí o te rompo la cara, rata –exclamó el tío

-Ey tío, cálmate que no pasa nada – y el Kevin trató de correr

-¡Ey chamo!, ¡no seas rata! – y el tío lo agarró por la espalda

El Kevin cuenta que solo sintió un hormigueo en la cara del rosario de puñetazos que el tío le dio. Uno tras otro. Y que cuando medio abría los ojos veía que la mano apretada iba y venía. Según dice, el tío tenía sus tragos encima. Después de cascarlo lloró por la clase de sobrino que había ayudado a criar. Sin muela, sentado en una butaca, el Kevin relata que vió llorar a su tío, un hombre pobre, aunque ferviente chavista, que seguía esperando pacientemente la revolución, a pesar de que todas las tiendas se cerraban en su cara y de que en todos lados sus propios camaradas lo despedían.

-Por eso allá no puedo volver – me dice el Kevin, mirándome seriamente

-Pero si son unos tenis, Kevin, al menos allá tenés tu casa – digo con tono de exhortación

-Mi tío está peor, pana, está buscando culpables en todos lados – me dice convencido

La verdad no entiendo mucho, pienso, que si solo son unos tenis pues la cosa no es tan grave, me lo repito varias veces. Pronto me doy cuenta de que el tío es un ferviente revolucionario que busca tipos como Kevin para diezmar a toda costa los elementos negativos de la soñada sociedad perfecta venezolana. No se daba cuenta el pobre hombre de que su sobrino, como muchos otros, trató de realizar un sueño frustrado de la infancia, fruto de la abnegación por el bien común.  Y que la frustración de un niño no perdona.

-Entonces, ¿no volvés a San Cristóbal, Kevin? – pregunto

-No, panita, nada, me quedo aquí – me responde

-¿Tienes cédula colombiana? – lo interrogo con preocupación

-Si, claro, también soy ciudadano colombiano -  me dice

-Que bueno – respondo sin tener más que decir

El Kevin suelta una carcajada cuando digo “que bueno”, porque sabe que ahora ser ciudadano colombiano o venezolano sin trabajo es la misma cosa.

-Ser pobre es lo mismo aquí o allá – dice resignado 

-Pues sí – respondo mirando la noche- quiere llover…

-¿entonces, pa que volver, sí o qué? – afirma con la pregunta, mirando el piso, después me mira a mí  

Seguimos sentados un rato, fumándonos un cigarrillo en las afueras de un centro comercial, con un calor estrepitoso. Los dos estamos cansados a nuestra manera, el de rebuscarse los dos mil pesos que le faltan para pagar la pieza de esta noche, y yo porque me vine caminando desde la oficina. El Kevin, me comenta que, si mañana logra ir bañado y medio decente a la cigarrería de un conocido, le van a dar algunos dulces para vender en los buses de la ruta que sale hasta La Parada, unos metros antes del puente internacional. El mismo por el que un día pensó pasar desfilando con sus tenis "Nike de cordón torcido”, rumbo a la fiesta del barrio que nunca ocurrió.