La paz hecha en Colombia, será territorial

Estamos frente a un país profundamente dividido, política y socialmente y con fracturas profundas entre sus diferentes regiones y entre un centro urbano y una periferia rural. No tenemos que temer a este conflicto social y político, siempre y cuando seamos capaces de tramitar las diferencias por vías políticas sin recurrir a las armas.

Por: Luis Fernando Múnera C., S.J. Decano Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales

Con bastantes turbulencias el país ha entrado en la etapa del posacuerdo. Estos últimos meses han sido un ir y venir de trinos, declaraciones, sospechas, provocaciones; quizá hay razones para estar más o menos conformes con lo pactado, pero la realidad es que el país ha firmado un acuerdo de paz y esto nos pone ante una nueva realidad política.

Existen razones sensatas para tener diferencias con algunos puntos del acuerdo. Esto hace y ha hecho parte de una discusión política y de una negociación. El punto es que, en el momento actual, el pacto político con las Farc es la hoja de ruta que tiene el país para continuar con su proceso de transformación política y para abrir nuevas oportunidades de desarrollo. Como cuando uno quiere que avance una reunión, no se puede volver una y otra vez sobre lo ya acordado.

Esta discusión, y su expresión en el referendo y luego en el Congreso, nos ha revelado también otras realidades: estamos frente a un país profundamente dividido, política y socialmente y con fracturas profundas entre sus diferentes regiones y entre un centro urbano y una periferia rural. No tenemos que temer a este conflicto social y político, siempre y cuando seamos capaces de tramitar las diferencias por vías políticas sin recurrir a las armas.

La democracia no se funda en un acuerdo de sociedad, el sueño de una sociedad unificada nos ha llevado a grandes atrocidades, de ello fue testigo privilegiado el siglo XX. Por el contrario, la democracia se basa en el desacuerdo y en la capacidad que tenga una sociedad de gestionar sus desacuerdos desde la tolerancia y el respeto por los derechos humanos. En democracia estamos obligados a convivir con otros cuyos modos de vida no compartimos y, en ocasiones, nos desagradan profundamente, sin embargo, esto no puede ser obstáculo para que trabajemos conjuntamente por la paz.

Cuando miramos al país desde los territorios, hay muy buenas razones para la esperanza. Desde hace mucho tiempo se vienen haciendo esfuerzos locales por la paz y por la reconciliación. La fuente de esos esfuerzos son las personas, en muchos casos las mujeres y los jóvenes, que se han organizado para resistir las dinámicas de la violencia y para transformar el país desde la memoria respetuosa de las víctimas y desde experiencias de reconciliación y cambio social.

Para conocer estas experiencias, el país que se abre a la construcción de una esperanza, hay que ir a las periferias de las grandes ciudades, a las personas que viven en nuestra costa pacífica, en el Urabá y en Córdoba, en los campos de Nariño, del Meta y del Putumayo, al Magdalena Medio, a los Montes de María, por mencionar algunos. Detrás de la Colombia que quiere la paz, hay una red importante de mujeres y hombres que se han convertido en artesanos de paz y en gestores del desarrollo. En aquellos lugares donde se ha experimentado con más fuerza la violencia es donde hay una fuente de conocimiento y de experiencia que permitirá construir la paz. Si queremos avanzar tenemos que mirar y escuchar ese país profundo, el que ha sufrido y luchado. En este sentido, el acuerdo de paz puede ser leído como una oportunidad para transformar el país desde las regiones. Nuestra paz, la hecha en Colombia, será territorial o no será.

El cumplimiento serio de lo pactado permitirá que se comience a construir confianza y credibilidad. Pero también es responsabilidad de la sociedad hacer de los acuerdos un instrumento importante para mirar hacia adelante. Los nubarrones solo se podrán disipar si la sociedad muestra un apoyo decidido y si las fuerzas políticas y económicas son capaces de mirar más allá de los intereses del momento hacia una visión de país de largo plazo. Son muchos los retos que tenemos, estamos llamados a ser un actor importante en la política latinoamericana, un país con oportunidades para la diversificación de su economía, para la innovación y el desarrollo. Al menos por una vez, ¡levantemos la cabeza y miremos hacia adelante!