Jaime Álvarez Álvarez

Deberían existir muchos Nobel de Paz. Muchas personas y comunidades los merecen. Es infinita la lista de quienes han dedicado su vida  la paz, de tantas maneras y momentos. Desde su profesión, su casa, su lugar de trabajo, la sociedad. Día tras día, año tras año.

Los procesos de paz se dan cuando los actores llegan a la conclusión que la guerra es inviable y inútil, porque nadie la puede ganar o porque se degrada al punto que perjudica a los que quiere beneficiar y en nombre de quienes luchan. Se dan porque hay jefes de estado que tienen la convicción y decisión de jugársela a fondo por la paz, y dirigencias insurgentes que llegan a la conclusión hay que intentar otra vía para generar las transformaciones que se buscan. 

Pero también se dan porque ha habido y hay esfuerzos ciudadanos perseverantes, voces civilistas que desde la sociedad han insistido, en contravía o con el viento de la paz a favor, que hay que parar la guerra y buscar soluciones alternativas. 

Una de esas voces civilistas radicales era Jaime Álvarez. Sociólogo, con experiencia en lo público, cofundador del Movimiento por la Vida desde sus inicios en la segunda mitad de los complejos años ochenta, esas épocas de guerras sucias, de destierros, desparecidos y asesinatos. Cofundador de Redepaz, gestor de paz al lado de su compañera de vida Ana Teresa Bernal, defensor de las víctimas y de la recuperación de tierras. Conocido y reconocido en su entorno, en comunidades del Caribe, Antioquia, los Montes de María, Valle, Huila, Boyacá y el Bajo Cauca, pero creo que muy poco preocupado por la fama y el protagonismo.

En el proceso de paz del M-19, Carlos Pizarro fue definitivo para tocar los límites de la guerra y atreverse a renunciar a ella, y encontró interlocución en el gobierno de presidente Barco. Liderado por el comandante, fue un proceso colectivo para llegar a un acuerdo de paz.

Pero cada uno de nosotros también lo vivió a su manera. Tuvo su propio proceso, y en medio de la clandestinidad urbana, también descubrimos los límites de la guerra. La movilidad era cada vez más reducida y mayor la distancia de la población que le daba sentido a nuestra lucha. Los últimos tres años antes de la dejación de armas en 1990, yo vivía encerrada y con escasas salidas para conversar con personas y mover ideas.  Pero, entre más limitadas las salidas, más valiosos los encuentros con personas del movimiento social y de la política, con exmilitares y periodistas. Era una manera de escuchar lo que decía la gente.

Existía y se buscaba siempre la posibilidad de diálogo, intercambio, de pulsar la opinión y los sentires, de intentar organizar expresiones políticas legales, para recuperar plenamente nuestra dimensión política.

Las señales de paz venían de personas que nos escondían, de quienes nos protegían porque nos querían, pero también de los que, desde el cuidado, nos decían lo que pensaban. Gente vinculada a ámbitos civiles que nos escuchaba, pero opinaba diferente y nos criticaba. Con afecto pero con firmeza, cuestionaba la lucha armada.

Jaime Álvarez era de esas personas. Cero lucha armada, civilismo profundo, se metía al rancho con su sentido de humor y su ancha sonrisa. En la clandestinidad me reunía con él y su compañera en el apartamento de una familiar suya en pleno Chapinero. Recuerdo que en el primer piso quedaba una pizzería. Conversábamos. Y él, sin tapujos y rodeos me decía siempre: “Ya dejen esa pendejada de las armas”.

Lo bauticé “mi sociedad civil”, y con ese nombre se quedó y estará en mi vida.

Gracias, querido Jaime. Siempre recordaré y agradeceré tu aporte a mi propia paz y a la paz de muchos.