¿Gabinete de postconflicto sin educación?

A ver si los que toman las  decisiones de paz algún día creen que el desarme cultural es posible e imprescindible, que pedagogía de paz no es solamente la de los acuerdos, y que la educación de verdad es nuestro mejor equipaje  de paz. Y que loro viejo sí aprende hablar. 

El gabinete del posconflicto creado por el presidente Santos está conformado por los ministros del Interior, Relaciones Exteriores, Trabajo, Hacienda, Defensa, Agricultura, Transporte y Minas; por el director del DNP, el Alto Comisionado para la Paz, los Altos Consejeros para el Posconflicto y las Regiones, y la ACR. La educación brilla por su ausencia. 

¿Esto nos habla del real peso que tiene la educación en el actual proceso de paz? ¿O de que existe una idea imperante de la educación como escolarización, grados, currículos, textos y evaluaciones? ¿O como el acceso a la educación formal de los excombatientes? ¿Y que basta la cátedra de paz como un agregado en la escuela sin saber si se conecta con los contenidos, los saberes, el ambiente escolar y las prácticas docentes?

A veces creemos que si ponemos el apellido “paz” y ponemos la paz como propósito, por arte de magia la paz está allí. 

La pregunta de fondo sigue siendo qué paz queremos. La queremos realmente sostenible  y como oportunidad de transformación de la sociedad, para superar las violencias culturales inoculadas que definen nuestra visión del mundo, del ser humano, de nuestra historia y de nosotros mismos. 

La educación por sí sola no garantiza la paz como cultura. Claro que lograr superar realmente  el analfabetismo, tener profesores bien valorados, una educación primaria de calidad, un bachillerato que forme ciudadanos, universidades competitivas, es un enorme aporte a la paz. Pero la paz en la educación es, además de calidad y cobertura, la pedagogía y la concepción de ser humano que la orienta. De lo contrario, ¿cómo se explican los niveles de xenofobia, discriminaciones, prejuicios en sociedades de un supuesto alto nivel educativo? 

Para la paz no basta predicar un deber ser de buenas maneras, de buen trato, de tolerancia y de intenciones. Seguir diciendo que los que debe ser educados para la paz son los niños, niñas y jóvenes porque con los adultos no hay nada qué hacer. Qué manera tan cómoda de bajarnos de nuestra propia responsabilidad y posibilidad de transformación. Docentes, rectores, padres y madres, líderes políticos, sociales y comunitarios, funcionarios, sacerdotes y monjas, todos aquellos que inciden en la formación de creencias y prácticas sociales cotidianas, tienen algo que ver. Ni hablar de los medios de comunicación: ¿tienen claro su papel pedagógico como formadores en paz o reproductores de violencia en sus lenguajes, su manejo de la información, sus producciones audiovisuales y su madera de contar la historia.  Así prediquen la paz, ¿con cuáles de ellos se aprende paz o violencia?

Los guerrilleros de las Farc tomaron su decisión de paz y la están ejecutando. Las víctimas han demostrado hasta la saciedad que quieren salir adelante. Las fuerzas militares van en su transición a una nueva concepción y un nuevo modo de ser y hacer.  Pero en amplios sectores de la sociedad subsisten prejuicios, miedos, ignorancias, prevenciones, odios, por supuesto, instrumentalizados, alimentados y atizados por sectores políticos. 

De otra parte existe la predicción que una vez desparezca la guerra surgirá con mayor fuerza la otra violencia, sobre todo la de género y la intrafamiliar. No van a surgir,  serán aún más visibles porque ahí han estado. Estas violencias son producto de expresiones culturales arraigadas, y por tanto requieren tratamientos pedagógicos y educativos, no solamente sanciones y castigos.
 
Para hablar de otros contextos, evaluaciones posteriores a los acuerdos de paz en El Salvador, permitieron establecer que se “sobreestimó la potencialidad de la política para la construcción de la justicia social, la equidad y la superación de la violencia  (…) se subestimó el papel de la cultura (…) y los acuerdos de paz no previeron la magnitud del desafío que plantearía la ola de violencia de postguerra.”  

Educación y pedagogía no lo son todo, ni son varita mágica. Pero son para tomárselas en serio, como procesos de formación y acciones a corto, mediano y largo plazo orientado  a un cambio de mentalidad que lleve a superar la cultura de la guerra instalada en ámbitos de la vida cotidiana.

Dejo acá por hoy. Pero la cantaleta continuará.  Porque la gota de agua tala piedra por su perseverancia, que es su fuerza.  A ver si los que toman las  decisiones de paz algún día creen que el desarme cultural es posible e imprescindible, que pedagogía de paz no es solamente la de los acuerdos, y que la educación de verdad es nuestro mejor equipaje  de paz. Y que loro viejo sí aprende hablar.