El conflicto y la fábrica de hacer gomitas

A esta altura del año, entre los afanes de la implementación del Acuerdo de Paz, el destape de casos históricos de corrupción y el horizonte de las elecciones de 2018, la política colombiana comienza a parecerse a una fábrica de hacer gomitas.

Todo está medido y lo único que nos queda, se supone, es sentarnos a ver cómo caen de la banda los trocitos de caramelos de colores, con resignación. Que el Presidente Santos ya no se sostiene en la Unidad Nacional, que las diferentes tendencias del liberalismo criollo comenzaron a raparse las hojas y que nos va a tocar aceptar de ahora en adelante el juego de chantajes entre gente con rabo de paja. Que ahí viene Vargas Lleras, la siguiente gomita en caer en la caja de los presidentes.

Mi compañero Jairo Rivera de 27 años, exvocero de la MANE y ahora vocero de Voces de Paz está llevando la voz de una generación al Congreso, a territorios, a Universidades y a donde lo inviten. No se desgasta en debates por lo bajo. Les habla a los congresistas de reconciliación, de futuro, de una segunda oportunidad sobre la tierra para Colombia. Lo hace con el mismo espíritu con el que miles de jóvenes salimos a marchar después del 2 de octubre, impregnado como estamos todos con la certeza de que la muerte dejó de ser para nosotras y nosotros el costo necesario del progreso o de la lucha por el poder.

Jairo y sus compañeras sabemos que la fábrica de hacer gomitas sólo puede pararse con el pensamiento y la acción que permitan transformar el modo como la sociedad colombiana ha entendido el conflicto en los últimos años.

Maturana, no el técnico sino el biólogo, puso el problema del conflicto en palabras sencillas. “Un conflicto sólo puede resolverse sólo si nos movemos hacia otro dominio donde toma lugar la coexistencia”. Políticamente el espacio de coexistencia se llama democracia, y es eso lo que hemos estado intentando tener y que no hemos tenido.  

Pero para que uno pueda vivir en democracia tiene que madurar; aceptar que no existe ni es posible alcanzar un mundo ideal de uniformidad. Que la pretensión de acomodar la realidad a la fantasía mata y nos hace matar. Que el único destino posible para una sociedad que repudia los aspectos negativos de su historia reciente y se decide a no repetirlos es transitar a una vida de respeto que, como decía Estanislao Zuleta, es siempre el respeto por la diferencia.

El modo como se justifican la jugadas prácticas para torpedear los asuntos importantes de la implementación de la paz es con la venta al público de una realidad uniforme en la que la cuestión no es cómo se juzga a las Farc, sino por qué deberían desaparecer de la fas de la tierra; ellos, y todos los diferentes a quienes se nos ha puesto en el cartel del miedo a la dictadura-homosexual-castrochavista.

Es fácil comprender por qué el exprocurador Ordoñez quemaba libros; por qué se alía con el Pastor Arrázola, y por qué en los debates sobre la paz envían siempre al mismo joven neonazi a amedrentar a las víctimas. Los únicos que tienen todavía el esquema de la Guerra Fría en Colombia son los personajes paranoides que no saben de qué van a vivir cuando el sentido común de este país cambie definitivamente y los fanáticos guerreristas se conviertan en piezas de museo.

Jairo y miles de jóvenes estamos trabajando, con mucho orgullo, para evitar que en este país se sigan imponiendo intereses políticos contra la paz con la pantalla que se le sigue dando a las excusas de pensamiento trasnochado. Necesitamos un pensamiento distinto para que la gente se mueva y pare la fábrica de hacer gomitas. Gente distinta que también tiene que aprender todos los días a respetarse en su diferencia para no fracasar en el empeño.

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