Chaín, el necropsista del Pacífico colombiano

Los habitantes de la zona sostenían como dogma de fe que siempre que Chaín deambulaba merodeando el pueblo era porque algo inusual iba a pasar. La última vez que salió, las FARC envió un “potrillo bomba”, asesinando 11 soldados, algunos de ellos despedazados.

“Chaín”, es el apelativo de un hombre que creció entre los manglares. Se hizo solitario y taciturno al ritmo de bunde. Su casa dentro del caserío era el lugar de formidables mitos, bella característica de la cultura afrocolombiana, enriquecida por su larga tradición oral sobre la cual construyen hermosos relatos. 

Decían en el pueblo, que el solitario viejo poseía dotes de brujo. Que su casa tenía objetos sumamente raros y extraños con los cuales embrujaba a la gente. Pero lo peor, sostenían como dogma de fe que siempre que Chaín deambulaba merodeando el pueblo era porque algo inusual iba a pasar. La última vez que salió, las FARC envió un “potrillo bomba”, asesinando 11 soldados, algunos de ellos despedazados: el ejército respondió fumigando grandes extensiones de hoja de coca con glifosato, perjudicando a cientos de campesinos, que después se movilizaron hasta Tumaco reclamando sus derechos. 

Chaín, creció entre la guerra y la pobreza, sin embargo dio una hija monja. Se hizo “necrosista”, como se dice en el “argot” popular: el arte de arreglar muertos. Lo aprendió décadas atrás, en la primera toma paramilitar del pueblo, tal vez por convicción, ya que la cantidad de cadáveres que se encontraban en los ríos flotando como vacas muertas, exigían de sus familiares exequias dignas de cristianos. Por lo cual, no preparar los cadáveres hacia insoportable la velación. 

El personaje les abría el estómago, sacaba las tripas, las ponía en una bolsa que después iba a parar al rio. Los dejaba vacíos para luego rellenarles la barriga de cal. Acto seguido, tejía la piel con hilo de cáñamo, como su abuela. Una negra enorme, dedicada a tejer, venida quien sabe de dónde, que crio a fuetazos al pobre Chaín, y le inculcó desde pequeño su amor por los muertos. Todos los fines de semana llevaba al niño a visitar sus ancestros a un campo santo abandonado entre lápidas grises. 

Andaba en una bicicleta todoterreno verde, siempre de cortos, camiseta vieja, la gorra con algún logo de empresa desteñida por el tiempo. Entre su cinturón y la piel, metía los cuchillos con los cuales trabajaba, envueltos en hojas de periódico para que el filo no le cortara el cuero. Solía usar suecos o unos botines de esos de empleado de construcción con punta pie de acero. Con esa apariencia transitaba las calles, señalado por las miradas de los pobladores. 

Cuando no estaba en su casa permanecía en la morgue, arreglando muertos u organizando las cosas para cuando hubiese alguna novedad. La morgue y su casa tenían alguna similitud: pequeñas, húmedas y feas. Ambas de tablas y alejadas de la población. Y algo más, en las dos solo podían entrar los difuntos, en la morgue el cuerpo inerte, material de su trabajo. En su casa las ánimas, el alma con los que él trabajaba. Quizá su soledad era el mejor espacio para las largas conversaciones con estas ánimas en pena, con las cuales, seguramente su abuela le enseñó a hablar. 

Un día se registró un hecho poco usual en cercanías al caserío. Un hombre que trabajaba en el negocio de la coca, tal vez un “raspachín”, asesinó a su esposa y dos hijos. Chaín, se propuso en ir hasta el caserío por sus cadáveres, la lancha ambulancia improvisada del centro de salud, sirvió como vehículo para la diligencia. Allí trajeron en camilla, el cuerpo de la señora, pero no había donde traer los cuerpos de los niños. Sin escrúpulos, al bajar de la lancha, el personaje llevaba en vueltos uno en su pecho y otro a sus espaldas, como si arrullándolos estuviera, los cuerpos de los dos niños, que no habría de tener más de 5 años de edad.  

Así caminó las largas calles del desembarcadero de lanchas hasta la morgue, con sus pequeños muertos entre sábanas, uno en su pecho, otro a sus espaldas. La gente miraba estupefacta la delirante escena. Por su parte, él caminaba en silencio con cara de satisfacción y  ternura. 

* Escrita por Charli Spansky 

 

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