César López: quienes estén dispuestos a deponer sus armas, ¡que vengan!

En un momento como el que vive Colombia, es hora de replantearse los conceptos colectivos sobre el rol que cumplen en la sociedad y en la cultura el oficio y la practica artística.

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César López, artista colombiano.

¿Subvalorado, incomprendido, desperdiciado o entendido como el recurso efectivo para gastar el tiempo libre? El arte. ¿La electiva, la vocacional, eso que hay que combinar con otra cosa para “no morirse de hambre”? Ese es el escenario del arte aún en este país.

En un momento como el que vive el mundo y específicamente Colombia, es hora de replantearse todos estos conceptos colectivos sobre el rol que cumple en la sociedad y en la cultura el oficio y la practica artística.

Creo que ha llegado el momento de que el país, sus dirigentes, sus maestros, sus líderes y, por supuesto, los artistas mismos, redescubramos juntos el papel de esta, que ha sido llamada “la medicina de las emociones de una nación” y que puede ser la mejor herramienta para que el país pueda consolidar una propuesta de paz que nos represente a todos por igual y nos deje avanzar y superar las enormes brechas económicas y sociales que nos separan y nos enfrentan.

Los museos del mundo dan testimonio de la potencia de las civilizaciones. En salones y pasillos se rinde culto y tributo a la obra de millones de seres humanos que, con su creatividad, han narrado y moldeado la sociedad y los acontecimientos de cada época. En esculturas, pinturas, cuadros y cantos impregnados por profundas emociones con técnicas magistrales, el planeta está contado y conservado para la posteridad por el arte.

Es por eso que cuando estamos parados frente a una urna donde reposa un broche de oro, un óleo o un mármol pulido, estamos viendo a una comunidad que se expresó, se sanó y se conservó para las futuras generaciones a través de su representación en el ejercicio de sus artistas, esos incomprendidos por vocación que no murieron de hambre porque se llenaron de sentido para hacer de este mundo un lugar bello y poético.

Estoy seguro de que en Colombia será el arte la manera eficaz para unir los retazos de este espejo roto del que todos tenemos un pedazo y así poder volver a valorar nuestras diferencias, y definitivamente narrarnos en el espejo del arte es lo que nos permite reconocernos y comprender en cuerpo ajeno, para sanar en el propio.

Necesitamos gente para el arte que en un gesto profundo de amor por su territorio sea capaz de producir miles de documentos estéticos, símbolos poderosos que nos sean útiles para reconstruir nuestra memoria y, de esta manera, no repetirnos en el dolor y la tragedia. Necesitamos cantar para entender que ponerse en los zapatos del otro y en la rabia del otro, se vuelva el comportamiento automático y permanente de los niños que se forman en los salones de clase del colegio más sofisticado y de la más humilde escuela de este país.

Que sea en la poesía, en la escena y en el lienzo donde al hablar de seres humanos criados en las mismas montañas, alimentados con la misma comida, mientras escuchábamos la misma música, nos podamos reconocer como pares y así acercarnos más.

Estos 50 largos años de guerra obligaron a mucha gente a tomar posición y quien toma una posición necesariamente intenta desconocer la otra, abandona otras miradas y soy un convencido de que el arte nos da la posibilidad de contemplar toda la paleta de colores completa, todos los sonidos, relatos y emociones que somos como grupo social diverso que coexiste. Y es por eso que invitar a que los artistas hagan presencia con su obra y firmen su compromiso con la construcción de la paz garantizará una generación distinta, resiliente, más sana, que camine creativamente mirando con esperanza el futuro y lleve en una mano el poder de la memoria y la balanza de la justicia en la otra.

Un artista es un ser que opera desde su afán por descubrir la belleza de las cosas y que es capaz de reinterpretar sus sentimientos en preciosas maneras que afecten los sentidos, un artista coexiste con el conflicto, pues este es inherente a la obra, pero en su batalla interior termina por tramitarlo, superarlo y sublimarlo y ese es el gran ejemplo que hace de este un sujeto único y de vital importancia en cualquier sociedad.

¿Ahora que no compraremos helicópteros Blackhawk a 20 millones de dólares cada uno y que no nos gastaremos en un bombardeo de cinco minutos lo que costaría construir y dotar cien escuelas de música, por qué no intentar una fórmula distinta, arriesgada y darle voz a aquellos que cantan, bailan y pintan para sanar las heridas de Colombia? ¿Por qué no darles una oportunidad a quienes recuperan los relatos y elaboran nuevas historias que nos representan como una sociedad no violenta en el cine y en las tablas? ¿Permitirles a quienes rescatan las tradiciones y el folclor formas dignas de realizar su tarea?

No se trata de que alguien llegue a intentar desplazar la vieja retórica, el discurso vacío, la promesa gastada. Se trata de alzar una voz común, fuerte y consciente que invierta la pirámide y ponga al ser humano sensible y creativo de nuevo por encima del que produce capitales y beneficios materiales.

¿Cómo reconocer que los años de guerra dejaron diversas maneras de relación entre nosotros y con nuestro proyecto de vida?

¿Seremos capaces como sociedad de escribir un relato diferente para las generaciones futuras? ¿De recomponer las prácticas en lo cotidiano, reconstruir lazos de confianza y volver a funcionar desde la ética y la estética? ¿Narrarnos al futuro en este museo en construcción como una generación que puede tener distintas maneras de pensar sin matarse? Yo quiero creer que sí.

Quienes estén dispuestos a deponer sus armas, a recrear un nuevo relato y a implicarse desde el amor en la reparación, que vengan en un solo coro a construir esta nueva obra de país; a inundarlo de instrumentos musicales y pinceles, de películas, de obras de teatro, de canciones profundas, de cuadros coloridos, que nos recuerden a pesar de la historia de dolor, la grandeza de la creatividad y la bondad humana.

*Curador de la agenda cultural de la Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz, organizada por la Cámara de Comercio de Bogotá.

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