Alfredo Correa De Andreis, el asesinato a la investigación en Colombia

Había llegado a Barranquilla con el propósito de trabajar con comunidades desplazadas por la guerra. El trabajo consistiría, más que acompañarlos en sus situaciones de victimización, en vivir compartiendo las mismas condiciones y carencias en un asentamiento cualquiera.

Todo estaba motivado en la opción por los pobres que un día la Iglesia progresista de América Latina había jurado realizar y de la cual yo hacía parte. Así seguí, sin saberlo, los pasos del profesor Alfredo Correa de Andreís, siendo testigo del inmenso cariño que mucha gente empobrecida y víctima guardaba por él. 

Ya lo habían asesinado como a un criminal al intentar cruzar una calle, cerca de la universidad Simón Bolívar donde daba clases. Después de haber sido preso y falsamente acusado de guerrillero, pero sobre todo, después de suplicar su inocencia al entonces presidente de la república Álvaro Uribe Vélez, jefe supremo del entonces DAS, y a su director, Noguera, que hoy está preso, entre otras cosas por el caso del profe Alfredo. Nunca nadie respondió su carta que demostraba valerosamente su inocencia; una vida dedicada a la academia y la investigación. El ejemplo de un investigador comprometido por transformar la realidad.

Una señora de un asentamiento humano con la cual comenzamos el acercamiento para definir nuestra estadía allí, me regaló la investigación que Alfredo había realizado en trabajo conjunto con algunos de sus estudiantes en esta zona. El sociólogo indagaba sobre el problema de la tenencia de tierras en Barranquilla, sobre todo en lo concerniente a la posesión de baldíos por parte de empresas y terratenientes, y de cómo esto se constituía en la causa fundamental del desplazamiento de tantas personas en la ciudad. Así anduvimos la Cangrejera y Pinar del Río (dos grandes asentamientos humanos de Barranquilla).                               

La investigación era bastante juiciosa y trataba sobre patrimonios y personalidad jurídica de las personas desplazadas en las comunidades de la Cangrejera, Pinar del Río y Loma Roja. Todas estas, comunidades de personas desplazadas que se asentaron en predios con intereses por parte de familias de renombre en la costa, asímismo, empresas que querían adueñarse de estas tierras. Pero sobre todo, Alfredo había sido claro en sus investigaciones en señalar la vinculación de los paramilitares con personalidades prestantes de la región como el detonante del fenómeno de tantas personas errantes en la miseria. Esa misma alianza que él demostró lo terminó asesinando, y sigue “vivita y coleando”.

El profesor Alfredo, era enfático en señalar que tales causas hacían parte de un problema estructural del apoderamiento de tierras en el Caribe colombiano. Sus investigaciones tenían la dimensión de región, sin duda un problema de nuestra costa que hasta hoy nos aqueja. Demostró con inteligencia, que el desplazamiento forzoso de personas no tendría solución si no se resolvía la tenencia ilegal de la tierra por parte de empresarios, familias ricas, ganaderos, mafiosos, políticos, etc., el académico se adelantó a nuestro momento actual, puesto que este es un tema fundamental para implementar los acuerdos de la Habana y para que haya realmente paz en Colombia. Alfredo había llegado a la causa fundamental de los conflictos de todo el siglo XX en nuestro país. 
En este sentido, podríamos pensar en Alfredo como un adelantado a nuestros tiempos, en cuanto que tocó temas todavía imposibles para un país que tenía en la Presidencia la representación tangible del latifundismo corrupto y del empresariado con nexos paramilitares, que por décadas se ha adueñado de las regiones de nuestro país. Mejor pensar en el profesor como un paradigma del académico que contribuye a la paz, esta entendida como justicia social. Las  investigaciones de Alfredo son vivo ejemplo del compromiso por hallar soluciones que mejoren la vida de las personas más pobres. 

Muchas veces anduve las calles polvorientas de Pinar del Río, por donde él caminó, gigante y cercano con las personas, como lo recuerda su gente, las comunidades. Tantas veces suspiré con rabia en la esquina donde lo asesinaron, y tantas otras conversé con gratos amigos que tuvieron la fortuna de investigar con él, y muchas veces más, vi en Alfredo a Jaime Garzón, Héctor Abad Gómez, y tantos otros… Vi un país silenciado a sangre cuando busca la verdad, vi un país que asesina su educación cuando esta lo interroga sin temor.  

Por: Charli Spansky 

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