Un Nobel para las víctimas

En Colombia, la construcción de la paz no comenzó con la mesa de negociación en La Habana: a ese trabajo se han dedicado numerosas organizaciones de víctimas desde hace más de dos décadas.

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En el Registro Único de Víctimas aparecen inscritas más de siete millones de personas.
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La mirada del mundo está fija en Colombia. Han tenido que pasar 52 años de conflicto armado, sufrimiento, miedo, violencia y un premio Nobel de la Paz para conseguir que el país esté al fin en la mayoría de las agendas internacionales. Este viernes, el legendario Comité Noruego del Nobel decidió galardonar al presidente Juan Manuel Santos “por sus decididos esfuerzos para acabar con una guerra civil que ha costado la vida de al menos 220.000 colombianos y desplazado cerca de seis millones de personas”.

Así lo comunicó la coordinadora del Comité, Kaci Kullman Five. Este premio es un reconocimiento a la labor de Santos por lograr un histórico acuerdo con las Farc, que pretende ser un espaldarazo internacional para que el proceso no muera tras el resultado adverso del plebiscito. No obstante, en el núcleo de ese galardón también están las víctimas, reconoció Kullman. También es “un tributo al pueblo de Colombia, a todas las personas que, a pesar de las grandes dificultades y abusos, no han perdido la esperanza en una paz justa”.

El premio puede llevar como titular a Santos, pero ese reconocimiento tiene su origen en el desarrollo de una paz que por décadas se han esforzado en construir numerosas organizaciones ciudadanas, especialmente rurales. Y así lo reconoció ayer el presidente: “Recibo este premio en nombre de la gente que tanto ha sufrido durante la guerra”. 

Gente como Rafael Posso, que la madrugada del 10 de marzo del año 2000 perdió a tres familiares en la masacre de Las Brisas, cerca del corregimiento de Mampuján, Bolívar, un lugar solitario desde el que un comando del bloque Héroes de los Montes de María llegó al pueblo y amenazó a todos los habitantes con que se marcharan si no querían perder su vida. Para los desplazados de Mampuján este premio, cuenta Posso, “se construyó con sangre y lágrimas, reconoce el esfuerzo del presidente y da ánimos para seguir luchando por el país. Aunque el reconocimiento no fuera para las víctimas, no importa”.  

De ese corregimiento de María la Baja (Bolívar) surgió un importante colectivo de víctimas de la guerra: Mujeres de la Asociación para la Vida Digna y Solidaria, más conocido como Tejedoras de Mampuján, quienes hicieron de elaborar tapices todo un exorcismo de sus dolores. Sus tejidos representan los crímenes que han azotado esta región, como el destierro y los asesinatos. 

“Celebro que se haya hecho justicia y que sea la comunidad internacional la que reconozca el trabajo de Santos. Incide muy positivamente. Las personas que hemos apostado por la paz, después del No quedamos desmotivados, ha sido un duelo colectivo. Hoy vemos que es posible apostar por la paz de nuestro país, paz reflejada en el progreso y la prosperidad de las víctimas, de todos los que hemos vivido en el campo, que hemos sido más afectados”, señala Juana Alicia Ruiz, representante de las Tejedoras de Mampuján.

“(El Premio Nobel) es la expresión clara y precisa de la comunidad internacional respaldando al país, no solo al presidente”, le dijo a este diario Álvaro Jiménez, director de la Campaña Colombiana contra Minas, quien agregó: “Lo entregan en un momento muy importante, la sociedad colombiana está viviendo una gran tensión por el desarrollo de una estrategia de paz. Esto es recibido como un incentivo para que la luz esperanzadora del acuerdo que hay construido pueda tener un buen término”.

La Campaña Colombiana contra Minas fue fundada en 1999 y se integró a la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Antipersona, una red internacional compuesta por varias organizaciones, que se ganó el Nobel de Paz en 1997. Ese fue justo el año en que se firmó la Convención de Ottawa, que Colombia y otros 161 estados ratificaron y, en consecuencia, dejaron de producir, almacenar o usar minas para sus propias fuerzas armadas. En un país como Colombia, donde estos artefactos han dejado más de 11.000 víctimas militares y civiles en los últimos 25 años, el desminado es una exigencia a gritos.

Marina Gallego es la coordinadora nacional de la Ruta Pacífica de las Mujeres, un movimiento civil y feminista que nació en 1996, que agrupa a más de 300 organizaciones de nueve regiones (Antioquia, Bogotá, Bolívar, Cauca, Chocó, Putumayo, Risaralda, Santander y Valle del Cauca) y que se ven a sí mismas como “actoras sociales y políticas del proceso de negociación y de construcción de la paz”. En 2014 recibieron el Premio Nacional de Paz por su defensa de los derechos de las mujeres y su búsqueda de un fin concertado del conflicto.

“Esta paz la hemos trabajado muchas organizaciones por muchos años; el presidente Santos tomó ese legado de tanto trabajo para poder decidir y perseguir esa paz. Se está en riesgo de volver a la guerra. Este Nobel es un espaldarazo, es necesario que ese proceso se implemente, que se llegue a unos acuerdos con los voceros del No”, concluye Gallego.