"Sí es posible perdonar": hija de diputado del Valle asesinado por las Farc

“No solo puedo decir “he perdonado”, sino que puedo sentir y vivir el perdón”, dice la carta de la hija de Juan Carlos Nárvaez, uno de los 11 diputados asesinados por las Farc, tras el reconocimiento de responsabilidad de esa guerrilla y sus palabras de arrepentimiento.

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Daniela Narváez, durante el acto de perdón de las Farc el sábado 3 de diciembre en Cali, Valle.
Cortesía

Perdonar va más allá de decir “he perdonado”. Cuando mi madre llegó de Cuba, después de encontrarse, el pasado 10 de septiembre, cara a cara con nuestros victimarios, todos aquellos sentimientos de dolor y tristeza, que ampliamente había expresado en la carta que envié a ese encuentro, resurgieron. Creo que la mejor forma de explicar cómo me sentía, mientras mi madre me contaba cada detalle de aquella emotiva reunión, y cada día que seguía mientras revivíamos el sufrimiento de 5 largos años de secuestro y de aquel 28 de junio de 2007, día en que conocimos la noticia del asesinato de mi padre y sus compañeros, es diciendo que parecía como si acabaran de matar a mi papá.

Ese dolor, que por tantos años había dejado enterrado en lo más profundo de mí ser, que a pesar de sentirlo cada día, lo podía controlar y seguir adelante con mi vida, me estaba devorando. Me preguntaba cada día, ¿cómo es que, después de tanto tiempo, sigo sufriendo, y ahora más que nunca? Escuchar las palabras alusivas a mi padre, sus compañeros, y el conflicto en el que vilmente los perdimos para siempre, me hacían recordar ese gran vacío que tenía en mi interior. Por más que pensaba en querer perdonar por mi padre, su memoria y este país, había algo que no me permitía despojarme totalmente de esos sentimientos que tanto mal me causaban. Los días pasaban y seguía con esa desesperanza tan propia del dolor.

Por esos días se hablaba de un segundo viaje a Cuba, al cual no me sentía preparada para ir, y nunca creí poder estarlo. Sin embargo, terminé yendo, principalmente por decisión de mi madre, a quien agradezco infinitamente por ello. Creo que nunca había llorado como lo hice el pasado 22 de octubre, cuando esa vez yo estuve cara a cara con quienes me arrebataron por primera vez a mi padre ese 11 de abril de 2002 y posteriormente para siempre. Aquel día, en el que por fin puedo decir, me liberé, al hacerles saber todo lo que, al quitarme a mi padre, me habían quitado. Una risa, un abrazo, un “te amo”, todo lo que no pude tener, por no tenerlo a él, y todo lo que no pude ser, por vivir anclada a un dolor que no me permitía crecer. Puedo decir, que ese día, empecé a sentirme libre y a sentir, es su más pura expresión, esa paz tan añorada por todos, después de haber estado tanto tiempo en esa selva a la que llamamos duelo.

Mi corazón empezó a cambiar y con este mi vida. Gracias no solo a ese encuentro, sino también al apoyo de la fundación “El arte de vivir”, a mi madre y demás seres queridos, entre ellos, esa gran familia de constructores de paz que me dejó la guerra y a la que pertenezco hoy, quienes han hecho parte de este camino hacia el perdón, puedo decir que me siento feliz, plenamente feliz, y sé que si mi padre viera como me he transformado durante estas pocas semanas lo sería también.

Hoy, después de haber presenciado un acto en el cual nuestros victimarios reconocían su total responsabilidad y nos pedían perdón por tan desgarradores hechos, no solo puedo decir “he perdonado”, sino que puedo sentir, y puedo vivir el perdón tanto en el fondo de mi corazón, como en la sonrisa que no logro borrar de mi rostro.

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