¿Quién ordenó la muerte de 34 personas en 1994 y por qué?

Familiares de víctimas de la masacre de las Farc en La Chinita esperan verdad

Tras encuentros en La Habana con los negociadores de la guerrilla, la Asociación de Víctimas de La Chinita logró el compromiso de las Farc para pedir perdón, en un acto programado para el 30 de septiembre. Están dispuestos a perdonar, pero no a olvidar.

la_chinita.jpg

Diana Hurtado y Silvia Berrocal, miembros de la Asociación de Víctimas de La Chinita.
/ Luis Benavides

El viernes 30 de septiembre, las calles del barrio Obrero en Apartadó volverán a ver el recorrido de las Farc como hace 22 años, aquella madrugada del 23 de enero de 1994 cuando los sonidos de los fusiles despertaron a los habitantes de este sector, en esa época conocido como La Chinita. Ese día, varios guerrilleros del Quinto Frente llegaron hasta una casa donde se realizaba una fiesta, sacaron a los hombres y comenzaron a dispararles, pese a las súplicas de la gente. Relatan los sobrevivientes que quien comandaba la masacre daba instrucciones de que a las mujeres no las mataran. Tras varios minutos de horror, 34 hombres y una mujer fueron asesinados y 17 quedaron heridos.

“Llevábamos varios días recibiendo amenazas, nos llegaban panfletos diciendo que alistáramos 2.000 ataúdes, que iba a llegar la hora cero. Yo creo que eso pasó porque en horas de la tarde habíamos tenido una reunión con Aníbal Palacio, desmovilizado del Epl, quien aspiraba al Congreso y nosotros lo apoyábamos. Las Farc estaban peleando con los ‘esperanzados’, como se les conocía, porque se habían desmovilizado y nos habían ayudado a invadir esos terrenos, pero todas las víctimas de esa noche eran personas del común”, relata Silvia Berrocal.

Ella, perteneciente a la Asociación de Víctimas de La Chinita, viajó en tres oportunidades a La Habana en compañía de otras mujeres para exigirles a las Farc una verdad que han reclamado durante dos décadas. “Nosotras nos reunimos con ellos, narramos lo ocurrido aquella noche y les preguntamos por qué. Ellos agacharon la cabeza, Pastor Alape dijo que era muy doloroso y nunca lo debieron hacer, que la conciencia nunca sana y siempre lo van tener, y nos dijo que si los perdonábamos éramos personas muy valiosas”.

De aquellas reuniones quedó el compromiso de las Farc de contar la verdad de lo ocurrido, dar respuesta a ese por qué, que no ha permitido sanar heridas. “Yo tenía seis años. A las cinco de la mañana le tocaron la puerta a mi mamá y le dijeron que habían asesinado a mi papá. Ella me agarró de la mano y salimos corriendo, saltábamos entre los muertos buscándolo. Cuándo pensamos que habíamos terminado y no lo encontramos, un señor nos dijo: mírenlo, está detrás de esas tablas. Lo vimos, mi mamá le cogió la cabeza y no tenía nada, se la habían vaciado. Ese es el recuerdo que yo tengo de mi papá, esa imagen; las demás las borró mi mente. Yo quiero que me digan por qué lo mataron y con qué le dispararon para dejarlo así”, comenta Diana Hurtado, otra de las víctimas que estuvieron en La Habana.

Hoy, a sus 28 años, casada y con hijos, Diana tomó la decisión de estudiar psicología, pues hay mucho dolor y mucho por hacer. “Yo digo papá y eso me suena feo, pero cuando mis hijos le dicen papá a mi esposo, eso me destroza, a ellos les suena hermoso. Yo quiero recuperar la salud sicosocial de las víctimas, por eso estoy estudiando, para sanarme a mí y ayudar a todos”, relata Diana, mientras recuerda a Fausto Hurtado, su padre, asesinado a los 24 años, dejando a cinco hijos huérfanos.

Aquella madrugada del 23 de enero, Silvia Berrocal perdió a su hijo de 16 años, Alcides Segundo Lozano. “Yo me desperté con el sonido de los disparos, fueron muchos. Al rato llegó un vecino y me dijo que habían herido a mi hijo. Salí corriendo y recuerdo que brincaba entre charcos que me salpicaban, entre los muertos encontré a mi hijo aún vivo, lo llevamos al hospital y allí el médico me dijo que no se salvaba (...) al poco tiempo murió. Yo tenía las piernas salpicadas de sangre porque lo que yo pensé que eran charcos de agua, era la sangre de las víctimas”.

Esas imágenes se repiten en la mente de todas las víctimas. Al lugar de los hechos lo llaman “la calle de la masacre” y muchos evitan transitar por allí. Pero el 30 de septiembre lo harán de nuevo en procesión, con los delegados de las Farc, quienes ya no irán vestidos de camuflado y portando armas, sino de blanco, con flores en sus manos en señal de respeto por los muertos que ellos causaron aquella noche. En ese acto simbólico se espera que no solo pidan perdón por el daño sino que digan la verdad de lo que pasó, de quién dio la orden y por qué. Caminarán acompañados de un grupo de víctimas. En el colegio San Pedro Claver, las demás estarán mirándolos en una pantalla gigante que se va a acondicionar.

“Tenemos mucho temor de lo que pueda pasar, de cómo van a reaccionar las víctimas, por eso nos van a acompañar varios sicólogos”, explica Silvia. “Ellos tendrán que honrar su palabra y decir la verdad ese día, para eso van, para que nosotros podamos perdonar lo que nos hicieron”, agrega Diana. Todos esperan también que la calle de la masacre quede en el pasado y que en un concurso coordinado por los colegios San Pedro Claver y San Francisco de Asís, ubicados en el barrio, todos ayuden a escoger el nuevo nombre con que se va a bautizar el lugar.

Esto hace parte de la reparación colectiva, dentro de la cual las víctimas están pidiendo una casa museo donde puedan realizar actividades para sanar y fortalecerse como comunidad. La Fundación Forjando Futuros, que preside Gerardo Vega, desmovilizado del Epl, y la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz han acompañado a las víctimas en todo este proceso, para que 22 años después ese encuentro sea posible. En diciembre de 2014, las Farc pidieron perdón a las víctimas de la masacre de Bojayá y hace pocos días a los familiares de los diputados del Valle del Cauca. Esta vez volverán a La Chinita para resarcir un daño que, como dice Pastor Alape, los ha perseguido durante todo este tiempo.